La Pintura en el Cine

000 MujerCuadroTextoBorau

 

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“Con frecuencia los cuadros que se muestran en la pantalla sorprenden por su baja calidad pictórica, siendo producciones que no parecen haber escatimado en ningún otro aspecto, y llevando la firma de realizadores cuya cultura queda fuera de duda, como Lang o Mamoulian. Y no sólo ellos, el actor Edgar G. Robinson, enamorado de “La mujer del cuadro”, poseía una de las colecciones privadas de pintura más exquisitas de toda California, junto a la del director Billy Wilder, hoy dispersa también. El retrato utilizado en la mencionada “Jennie”, debido a Robert Brackman, pintor convencional pero muy admirado en su momento, llegó a ser expuerto en el MOMA de Nueva York, más como curiosidad, suponemos, que por méritos intrínsecos. Ni siquiera el mismísimo Fellini, que en sus años mozos fuera dibujante, pudo escapar a tal ley. Los frescos de su película “Roma”, conservados durante siglos de humedad y silencio, se desvanecían rápidamente ante el pasmo de los profanadores modernos, a punto estamos de decir que por fortuna, habida cuenta de la escasa veracidad de aquellas pinturas.

De la misma forma asombra el desenfado con que en otras ocasiones aparecen adornando pareces privadas obras maestras pertenecientes a grandes museos. Así ocurre con el “velázquez” que cuelga, como quien no quiere la cosa, en una estancia de la casa sevillana de doña Sol (Rita Hayworth) en “Sangre y arena”. O el “reynolds” que adorna la chimenea de la alcoba cedida a Vivien Leigh en “El puente de Waterloo”. Improcedencia notable también esta última, dada la circunstancia de que Lady Olivier fuera pintora ocasional, y estableciese con su nombre el premio que debe conceder anualmente el Ashmolean Museum de Oxford al estudiante de Bellas Artes que más lo merezca.

Un lienzo famoso puede formar parte de la intriga de un film también. En “La hora de los valientes”, de Antonio Mercero, nuestra guerra estaba a punto de dar al traste con el Prado, y era culpable de que en la evacuación se perdiera un autorretrato de Goya. El mismo museo correría años después otro peligro bastante mayor, el de ser desvalijado por la banda internacional de “El último chantaje”, comedia de policías y ladrones sin gracia ni atractivo, pese a ir encabezada por Rita Hayworth y Rex Harrison.

Y en la primera aventura del agente James Bond, “Dr. No”, descubrimos que el malvado magnate disfruta en su escondite caribeño nada menos que del “Duque de Malborough” de Goya, desaparecido a la sazón de cierto museo británico; más o menos como si “El columpio”, del mismo don Francisco y recientemente afanado en Madrid, apareciese mañana en una adaptación de John Le Carré.

El interés por la Pintura puede denotar inquietudes artísticas o intelectuales en un determinado personaje. Así, “La reina Cristina de Suecia” (Greta Garbo) pretende seguir nuestro Siglo de Oro, y pregunta al embajador español y futuro amante: “Contadme, ¿qué escribe ahora Calderón, qué está pintando Velázquez?”. A contrario sensu, una mala pintura anónima puede servir para describir la mediocridad social y cultural de su dueño. En “El pecado de Cluny Brown”, comedia del perverso Lubitsch, el farmacéutico solterón que ansía impresionar a la joven de sus sueños le muestra un cuadrito menos que mediocre subrayando con orgullo: “Pintado a mano ¿eh?”.

(José Luis Borau: “La Pintura en el Cine”. 2001)

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