La Tour en el Prado

Georges La Tour (Vic-sur- Seilles 1593- Lunéville 1652) hijo de un albañil y una modesta panadera, centra su actividad primeramente en la ciudad de Nancy, perteneciente al obispado de Metz, uno de los bastiones del catolicismo francés, y posteriormente (después de su afortunado matrimonio con una dama de la nobleza) en el ámbito de la Lorena.
Se sabe muy poco de sus primeros años de formación, aunque es indudable la influencia de otros pintores italianos y holandeses, que o bien conoció directamente o supo de su obra a través de estampas.
A partir de los años 30 de aquel siglo La Tour asienta su estilo que será a partir de entonces inconfundible, y tal vez, influenciado por la aciaga época que le tocó vivir en su tierra, muy afectada por las consecuencias de la Guerra de los Treinta Años, particularmente dura en aquella región de Lorena. A partir de ese momento sus cuadros se van haciendo más oscuros, más influenciados al parecer por la pintura de los caravaggistas holandeses como Honthorst, hasta convertirse en uno de los ejemplos extremos del Tenebrismo barroco.
Es habitual en esta fase que sus composiciones estén articuladas por un único foco preciso de luz, normalmente procedente de una vela, lo que le permite obtener variados efectos lumínicos, todos ellos muy espectaculares. A ello hay que añadir una nitidez propiamente naturalista en la ejecución de sus figuras y objetos, lo que le da a sus cuadros un realismo fantástico y a la vez enormemente veraz.
A la utilización de los focos de luz hay que sumar también una tonalidad rojiza que normalmente baña el resto del lienzo, aunque siempre dentro de una tremenda oscuridad en todo el cuadro solo rota bruscamente por el efecto brillante de las candelas.
Técnicamente su pintura es de una portentosa precisión, de una línea concreta y descriptiva, de gran meticulosidad en el detalle y rigor en las composiciones, lo que concluye en una obra de una calidad extrema.
Temáticamente su repertorio es casi exclusivamente religioso, lo que coincide con el carácter católico que como hemos comentado caracteriza su lugar de residencia. En realidad toda su obra está impregnada de ese sentimiento devocional porque hasta las piezas que no tratan explícitamente un tema religioso sino que podrían pasar por una pintura de género recrean esa atmósfera sagrada. Pero ocurre también que su forma de tratar el tema religioso apunta ya a un marcado naturalismo, heredado del caravaggismo italiano, de tal forma que es habitual que en sus pinturas se entremezcle la escena de género y la mística, hasta el punto de que a veces nos encontramos con cuadros que sin tratar el tema religioso adquieren un carácter piadoso y conmovedor, caso del Recién nacido, que parece aludir al tema de la natividad, y a veces nos enfrentamos a lo contrario, cuadros que aluden a un tema evangélico como el San José carpintero, que se trata como una escena costumbrista. Y siempre desde la mayor sencillez, en escenarios limpios de enseres y escasos protagonistas, que además se simplifican más por la peculiar focalidad de la luz de sus cuadros.
En fin, una obra fascinante la de La Tour, y no solo por sus efectos lumínicos, siempre espectaculares, sino también por la nitidez de su pincel, de una veracidad aplastante en todos sus objetos y detalles.

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