Las fiestas de la Bauhaus

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“Los artistas de la Bauhaus sabían cómo celebrar fiestas… ¡y de qué manera! Además de las cuatro principales celebraciones “oficiales” [en primavera la fiesta de los farolillos, en verano el solsticio, en otoño la fiesta de las cometas, y en invierno la Navidad], cada mes tenía lugar un baile de disfraces. Se bailaba y tocaba jazz con extraños instrumentos, aunque a fin de cuentas nada hacía justicia a la mala reputación de los alumnos. […] Los setenta y un matrimonios que se produjeron a lo largo de toda la existencia de la escuela entre alumnos y alumnas, maestros y estudiantes, y jóvenes profesores y estudiantes demuestran que las relaciones entre los artistas no se limitaban a pura amistad. Evidentemente los alumnos de la Bauhaus tampoco eran unos santos. […]

Cada sábado, los alumnos hacían una excursión conjunta. En la invitación se mencionaba: “¡La música también viene!”. En 1919 estas salidas eran ya una parte integral de la vida de la Bauhaus, y en junio del mismo año, se invitó por primera vez a a los maestros y a sus familias. Además se celebraban fiestas internas. […] Si se terminaba una obra especialmente atractiva, se celebraba en el estrecho círculo del taller. […]

La semana dedicada a la exposición de 1923 constituyó el punto culminante de este tipo de actividades. Del 15 al 19 de agosto tuvieron lugar en el Teatro Nacional [de Weimar], entre otras, las siguientes audiciones: “Marienlieder” de Hindemith, “Seis piezas de piano” de Busoni, y obras de Krenek y Stravinsky. Vasily Kandinsky y J.J. P. Oud dieron conferencias, y en el escenario de la Bauhaus se llevó a cabo la primera representación del “Ballet mecánico” de Kurt Schwerdtfeger y Georg Teltscher. Ludwig Hirschfeld-Mack llevó a cabo dos de sus juegos de luces reflectoras y, durante toda la semana, la orquesta de la Bauhaus tocó música de baile.

Incluso antes de que la escuela tomara posesión del nuevo edificio en Dessau, se estaban celebrando fiestas bajo distintos lemas, por ejemplo “Nueva objetividad” el 4.12.1925, “Las tuberías” el año siguiente en el castillo Gibichenstein, o en marzo de 1926 “La fiesta blanca”, donde además del blanco sólo estaban permitidos los colores básicos rojo, azul y amarillo, únicamente “en rayas, conos o cubos”. La fiesta de cubrimiento de aguas y el bautizo del nuevo edificio de la escuela en Dessau se celebraron de forma especial. La temporada de carnaval de 1927-1928 fue inaugurada, como siempre, el 11 del mes 11, pero por “once sílfides”. En diciembre de 1927 la Bauhaus festejó el cumpleaños de Kandinsky y el primer aniversario del edificio de Dessau. En marzo de 1928, la concesión de la nacionalidad a Kandinsky fue otra ocasión celebrada como se merecía, con divertidos discursos.

…aunque probablemente la fiesta de disfraces más brillante de la Bauhaus fuera la “Fiesta metálica” del 9.2.1929. La idea original era celebrar una “Fiesta de las campanas, los timbres y los cascabeles”, pero el concepto debió de sonar tan ensordecedor que los artistas de la escuela ampliaron el plan a “lo metálico”. En una noche extremadamente fría de febrero, la escuela resplandecía como una fábula de brillo metálico. La decoración era soberbia: muros reflectantes guarnecidos con hojalata, imágenes de los bailarines distorsionadas por fruteros de color latón en el techo, una cantidad asombrosa de bolas de Navidad, y timbres y repiques por todas partes, así como una escalera musical que al pisar cada escalón emitía un tono diferente. Los invitados llegaban a la sala deslizándose por un tobogán de metal y esta peculiar entrada, acompañada por un toque de clarines de la orquesta, llevaba al recién llegado más allá del mundo de sus experiencias. No se hacía ninguna distinción entro los invitados. Incluso el alcalde de Dessau, Hess, fue recibido de este modo. Una hojalatería abastecía a los invitados con todo tipo de herramientas: llaves de tuercas y abrelatas. “La orquesta de la Bauhaus se había guarnecido festivamente con coquetas chisteras plateadas, y gracias a su impulso, ritmo y vida se llevó la palma musical”. En el escenario se decían disparates con una lengua férrea: una divertida danza femenina bailada por hombres y un “sketch” en el que sólo la punta de un casco representaba el metal saciaban la curiosidad y las ganas de reir. Se dice que también se idearon los mejores disfraces de la fiesta: la calavera de un húsar pintada de negro, con una olla y una espumadera de aluminio como yelmo y el pecho guarnecido con cucharas de hojalata de color plateado: una dama vestida con discos de hojalata lucía coqueta en la pulsera una llave de tuercas que confiaba a cualquier caballero para que le ajustara las tuercas sueltas…”

(En: J. Fiedler y Peter Feierabend, ed.: “Bauhaus”, 1999)

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