Las vicisitudes del Partenón

El Partenón resulta sin duda uno de los monumentos más conocidos del arte occidental, pero también se encuentra entre los más dañados por los avatares de los tiempos.

Desde su construcción hasta la Edad Media, se mantuvo en buen estado de conservación, sin embargo, los diferentes usos que se darían en adelante al edificio lo condujeron a una situación de ruina irreversible. Su conversión en iglesia bizantina acarreó la desaparición de la parte central del frontón oriental y el repicado de algunos relieves contrarios a la moral cristiana. Los duques francos lo ocuparon como iglesia mayor durante el siglo XIII, construyendo un campanario en el opistódomos, que se vio transformado en minarete y aumentado en altura con la conversión del templo en mezquita turca en 1458.

 

Uno de los pocos hechos positivos que cabe reseñar fue la realización en 1674, por parte del viajero inglés Jacques Carrey, de los dibujos de los frontones, gran parte del friso y las metopas del lado sur. Dicho reportaje gráfico constituyó un instrumento primordial para el conocimiento futuro del conjunto, ya que un polvorín, instalado en el recinto por los turcos, hizo explosión en 1687, originando la destrucción de todo el interior y una considerable zona del friso. Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, varios expertos ejecutaron dibujos y vaciados de los restos reconocibles entre las ruinas.

 

Figura fundamental y polémica en el devenir histórico del Partenón fue Thomas Bruce, Lord Elgin, embajador de la Corona Británica en Constantinopla, quien en 1801 consiguió un permiso del sultán turco para retirar diversos materiales del templo. Entre 1801 y 1803, se arrancaron y posteriormente trasladaron a Inglaterra doce estatuas, cincuenta y seis placas de friso y quince metopas del insigne edificio sin ningún tipo de cuidado en los trabajos despegue de las mismas. Según cuenta Edward Clarke en su libro Travel to European Countries, de 1811, no sólo las malas prácticas produjeron la destrucción accidental de algunas esculturas, sino que fueron cortadas ex profeso para facilitar su transporte.

 

Los conocidos como Elgin Marbles no se libraron de la polémica ni en la propia Inglaterra, tanto por el expolio que había supuesto su acción, como porque, en un principio, los mármoles fueron rechazados como simples copias adrianeas. Sólo mediante el concurso de Canova y otros estudiosos, consiguió demostrar el valor de las obras y, por fin, venderlas al British Museum por treinta y cinco mil libras en 1817.

 

Tras la sustracción de las valiosas piezas y la toma de conciencia de los griegos por su patrimonio, potenciada a raíz de su independencia, se iniciaron trabajos de acondicionamiento sobre los restos in situ. Entre 1835 y 1844, se eliminaron los añadidos del edificio; tras el terremoto de 1894, se verificó la primera restauración con criterio científico y, entre 1921 y 1929, se llevó a cabo su reconstrucción con los fragmentos dispersos.

 

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