Los maestros del Ukiyo-E

El Ukiyo-E o “Mundo flotante” constituyó, en el Japón del siglo XIX, una manifestación gráfica que proponía la representación de lo efímero, de los aspectos pasajeros de un mundo cambiante. Sus innovadoras aportaciones llegaron hasta Occidente, influyendo en alguna medida en sus concepciones artísticas.

 

Tanto fue así, que el Ukiyo-E fue mucho más valorado en Europa que en su propio país, donde, salvo excepciones, se consideró un subestilo degradado, dedicado a la elaboración de grabados populares y opuesto a la delicada pintura cortesana que decoraba biombos, paneles y kakémonos. Sin embargo, en París, eclosionaba la fiebre del “japonesismo” (japonisme) en torno a sus estampas, afición que contribuyeron a extender los hermanos Jules y Edmond de Goncourt, así como el marchante de antigüedades orientales, Samuel Bing, organizador de varias exposiciones japonesistas y editor de la revista “Japon artistique”.

 

El auge del novedoso estilo se relaciona con la apertura japonesa al exterior y el fuerte ascenso de la burguesía a finales de la Era Tokugawa (1573-1867), que conllevó la imposición de sus propios gustos, reflejados en la temática del nuevo arte: retratos de actores de teatro, geishas, escenas de la vida cotidiana y paisajes, tratado todo ello con gran esquematismo y simplificación.

 

Desde siglos atrás, se conocía en Japón la técnica del grabado en madera o xilografía con tinta negra, pero es a Haronobu (1725-1770) a quien se le atribuye, en 1764, la invención de la estampa en color, llegando a la utilización de hasta once planchas superpuestas de diferentes colores, técnica polícroma que adoptarán los maestros del Ukiyo-E. En cuanto a los recursos empleados por este movimiento artístico, es preciso apuntar que se trata, en general, de imágenes ejecutadas con tintas planas, donde la línea sirve de elemento estructurador de las formas a través de los contornos y dintornos, y cuyas composiciones utilizan a menudo la colocación de figuras cortadas en primer plano, tendiendo, en ocasiones, a una disposición lateral de las mismas, procedimiento que tanto influyó a Edgar Degas y Toulouse-Lautrec.

 

Entre sus numerosos artífices, destaca sin duda Utamaro (1753-1806), muy considerado por la crítica occidental, pero igualmente denostado en el Japón de su tiempo, al ser juzgado promotor de un estilo decadente. Sus grabados, donde abundan los retratos de geishas, son originalmente complementados con la aplicación de gofrados y micados, generando sutiles fondos brillantes.

 

 

 

 

UTAMARO. O-Kita de Naniwaya

 

UTAMARO. Tres modelos: O-Hisa, O-Kita y O-Hina

 

 

Hokusai (1760-1849) debe su merecida fama a sus paisajes, en los que lleva a cabo un proceso de decantación sintética, reduciendo los elementos naturales a sus aspectos más esenciales con la aplicación de un colorido impactante, como puede advertirse en sus “36 vistas del Monte Fuji”.

 

 

 

HOKUSAI. Monte Fuji. De la serie “Las 36 vistas del monte Fuji”

 

HOKUSAI. En el hueco de la ola, frente a la costa de Kanagawa

También en la línea paisajística se movió Hiroshige (1799-1858), maestro que estudió el arte occidental y caracterizado por proyectar en sus obras la idea de la insignificancia humana frente a la naturaleza y sus fenómenos; el propio Claude Monet reunió una significativa colección de sus grabados.

 

 

HIROSHIGE. El pino-luna, en Ueno. De la serie “Las cien famosas vistas de Edo

 

Terminamos esta breve selección con Goyo Hashiguchi (1880-1921), que representa los estadios finales de la escuela, pues su producción llega ya hasta el siglo XX. Resulta especialmente conocido por sus desnudos femeninos en actitudes pausadas de fuerte carga erótica, resultado de una fusión entre las tendencias orientales y occidentales, y en los que puede rastrearse la huella de pintores europeos como Ingres.

 

 

GOYO HASHIGUCHI. Mujer tras el baño

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