Madrid, reserva inagotable

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“Caminando por el Madrid de los años cincuenta yo mantenía frente a Silverio que la interrogante ¿qué es una ciudad? sería una de las muchas que me habría de llevar de este mundo sin respuesta. […]

Según Silverio, a partir del Madrid de la guerra civil, Madrid había experimentado seis transformaciones y una séptima, radical, a punto de estallar. Ni las fechaba, ni las describía; no tenían mayor importancia. Creía en un espíritu de la ciudad, en la esencia de la madrileñidad, hasta en una música, aunque infame y austríaca, matritense. Era un antropomorfista y llevaba soterrado un castizo. El bueno de Silverio compartía conmigo un escaso aprecio por la ciencia del urbanismo. El centro de la ciudad era el centro y no dejaría de serlo jamás, con una valoración creciente. Profetizaba que en unos años (y así sucedió) la denostada Gran Vía de los cuarenta sería catalogada como una de las más atractivas calles de Europa. […]

Silverio en pocas ocasiones decía Madrid, sino esta ciudad. Mantenía una ostensible reserva de opinión sobre los seres humanos que no habían nacido en esta ciudad, ya que por algo ser de la capital obliga a una imparcial suspensión de juicio o criterio. Las restantes ciudades de España y de los otros continentes eran urbes sólo por comparación con esta ciudad. Por no parecer centralista, Silverio caía en el imperialismo. Nunca supe (pero alguna contaminación de afectos privados debía de jugar en la elección), por qué a Silverío le parecían parangonables a Madrid únicamente Nueva York, Salzburgo, Roma y Zaragoza.

En una fotografía, que, por las gabardinas y los sombreros flexibles que llevamos Silverio y yo, debió de ser tomada hacia 1952, el objetivo nos ha fijado subiendo por Mesón de Paredes una tarde de invierno, cuya luz cuanto más se decolora la foto va siendo más verdadera. Se trata de un fenómeno aparentemente inexplicable, pero en el que concurren tanto la química fotográfica en su derrota frente al paso del tiempo como la embrujada naturaleza de esa luz que hacia 1952 iluminaba la calle Mesón de Paredes. […]

De todas las etimologías que recopilamos en nuestros años de amistad, la única que Silverio admitía era una de origen griego, que juraba haber encontrado en el Tesoro de la Lengua, de Cobarrubias; según la tal, Madrid vendría de prostíbulo. Por supuesto que, al instante, el paseo se orientaba hacia ese enjambre de la existencia comprendido entre Infantas y Fernando VI, para terminar el madrileño San Pauli de las calles de Alcántara y de Naciones, evocando una ciudad hambrienta, estraperlista, tiritona, obscura y sucia, raquítica,que durante años estuvo dominada por la alegría de los vencedores. […]

Para no salir al extranjero (si es que eso existe) cuando este poblachón me agobia, para los días futuros en que ya carezca de fuerzas para caminarlo, guarda Madrid una reserva inagotable. Mientras pueda entrar por una de sus puertas, podré, a unos metros de la Cibeles, entrar en todos los reinos, pasar de Madrid al cielo y a los infiernos con sólo empujar un torniquete. Porque Madrid (no nos engañemos) es el Museo del Prado y quien tenga la oportunidad de vivir en Madrid, tiene la posibilidad, con tal de que sea algo cosmopolita, de habitar en la capital del universo mundo. […]”

(Juan García Hortelano: “La capital del mundo”)

(Imagen de cabecera: Francesc Catalá Roca)

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