Mandala

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Un mandala es en realidad una representación de carácter simbólico de origen hindú, que se relaciona con sus religiones más extendidas, el budismo y el hinduismo. El mandala, en este caso tendría su equivalente en el concepto de laberinto, que en tantas culturas antiguas vendría a ser una representación simbólica relacionada con rituales de tipo iniciático. Aunque en este caso, el mandala trata de reproducir un mundo ordenado, donde la simetría del dibujo y su composición equilibrada transmitan la idea de perfección.

En realidad el mandala es una representación del Universo, en cuyo centro de haya la divinidad, relacionada a su vez con el concepto de perfección, por lo que se explica que se encuentre rodeada de toda una serie de círculos o cuadrados (según el caso) que representan los niveles que hay que superar para llegar a esa divinidad o perfección. De tal forma que algunos relacionan el primer anillo con una “barrera de fuego”, que simboliza la necesidad de los no iniciados de alcanzar el conocimiento; le sigue un “cinturón de diamante”, relacionado con la conciencia suprema, la iluminación budista, que como el diamante es indestructible cuando se adquiere; a continuación se representan los “ocho cementerios” que simbolizan los ocho estados de la conciencia plena cuando se alcanza el samsara, es decir el nivel de reencarnación propio de un karma perfecto; le sigue un “cinturón de hojas” que representa el renacimiento espiritual, en cuyo centro se haya el mandala propiamente dicho, con la representación de los dioses que vendrían a significar la espiritualidad plena, o de Buda, en el caso del budismo. Por tanto una serie de  círculos concéntricos cuya representación simbólica supone un camino hacia la espiritualidad, hacia la perfección y plenitud individual, que tiene como referencia religiosa la representación de la divinidad. Para el mundo oriental el mandala es además un elemento de meditación, porque su contemplación permite identificarse con un concepto de simetría, orden y equilibrio que es el que transmite el propio dibujo y que se identifica con la perfección.

El mandala, como el laberinto de Teseo en la cultura clásica, los laberintos representados en los pavimentos de algunas catedrales góticas, las tracerías en los rosetones de esas mismas catedrales, las pinturas sobre arena de los indios navajos, y tantos otros laberintos diseminados por las culturas antiguas, es una representación simbólica del recorrido de la vida, de nuestro devenir personal, que debe siempre de caminar hacia el horizonte de la perfección, de ahí que se considere un modelo de representación iniciática. Carl Gustav Jung lo llevará más lejos y considera el mandala un símbolo del punto nuclear de nuestra psique, es decir, de la esencia misma de la psicología personal de cada uno de nosotros.

La representación del mandala es esencialmente oriental y para ser más exactos, hindú, y no sólo se concreta en la reproducción del dibujo mismo en cualquiera de sus infinitas versiones, sino que también se utiliza en otros ámbitos artísticos con toda su carga simbólica, caso de las plantas de algunas stupas o templos budistas.


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