Misia Sert y Renoir

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“Poco después de instalarnos en la Rue de Rivoli, Renoir quiso de nuevo hacerme un gran retrato con un vestido color rosa. El pobre hombre estaba entonces paralizado por un reumatismo deformante. A las ocho y media de la mañana, el portero ayudaba a Gabrielle, su inseparable sirvienta, a introducir en el ascensor su silla de ruedas, y así llegaba a mi boudoir donde le esperaba el caballete con sus utensilios de pintura. Gabrielle sujetaba el pincel a su mano encogida por el reumatismo con una goma elástica y se aprestaba a dar su opinión sobre el trabajo del maestro. […]

Mientras las opiniones, los consejos y las críticas de Gabrielle se sucedían incansablemente, Renoir me hablaba de la Comuna. Era su tema favorito. Durante horas podía evocar los recuerdos de esa época de su juventud que le llegaban al alma. Luego, de pronto, dejaba de pintar y me suplicaba que me abriese más el escote. “Más, un poco más, por favor”, insistía, “por qué, santo Dios, no me deja usted ver sus pechos…? ¡es un crimen” Estaba desesperado por mis negativas.

Después de su muerte, me he reprochado a menudo el no haberle dejado ver todo lo que quería, pues nadie como él supo apreciar la calidad de una piel dándole además la transparencia de una perla. Mi pudor me parece retrospectivamente idiota, tratándose del trabajo de un artista cuyo ojo excepcional sufría al negarle ve lo que adivinaba hermoso. […]

Cuando quería hacer feliz a Renoir le llevaba a ver los espectáculos de Diaghilev. Concibió una pasión por los ballets rusos y una gran admiración por Serge. Me las arreglaba, cuando venía, para tener un palco cerca de la escalera con el fin de transportarle más fácilmente. Se instalaba bien tieso, sin quitarse la gorra, divirtiéndose como un niño y sin perderse nada de la representación. La sola aparición de la Karsavina, con su tocado de plumas, le hacía aplaudir desaforadamente. La influencia oriental en los decorados de Bakst y Benoi le encantaba. Schéhérazade, por ejemplo, le entusiasmó y Diaghilev esperaba siempre con fruición la aprobación del pintor.

Una de las peculiaridades de Renoir era el precio en que valoraba su propia pintura. Cuando acabó el retrato que me hizo vestida de rosa, le envié un cheque en blanco rogándole fijara la cantidad que creyese conveniente y recordándole que Edwards era un hombre inmensamente rico. Me enfadé muchísimo al saber que sólo me había cobrado diez mil francos. “Es un buen precio Misia”, me dijo, “ningún cuadro, en vida de un pintor, se paga tanto.” Cuando se enteró de que el retrato realizado a la familia Charpentier se había vendido por cincuenta mil francos al Metropolitan Museum, se encolerizó sobremanera.

¿Y cuanto cobró usted por pintarlo? —le pregunté.

—¿Yo? —rugió el pobre Renoir—, ¡trescientos francos y el almuerzo!”

(En: Misia Sert: “Misia”, 1983)

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