Montañas

000 Caspar_Wolf

 

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“Durante más de dos mil años no se había visto en las montañas más que un estorbo: cosas improductivas, obstáculos para las comunicaciones, refugio de bandidos y de herejes. Es cierto que hacia 1340 Petrarca había efectuado una escalada y disfrutado de la vista desde la cima (para avergonzarse  después ante un pasaje de san Agustín); y a principios del siglo XVI Leonardo da Vinci había vagado por los Alpes, aparentemente para estudiar botánica y geología, pero los fondos de sus paisajes indican que le hizo impresión lo que vio. No se conocen otras escaladas, y a Erasmo, Montaigne, Descartes, Newton, prácticamente cualquiera de los grandes civilizadores que he mencionado en esta serie, la idea de escalar una montaña por placer les habría parecido ridícula. Debo añadir, sin embargo, que esta afirmación no se cumple a rajatabla en el caso de los pintores. Por ejemplo, Pieter Breughel, en su viaje de Amberes a Roma en 1552, hizo dibujos de los Alpes que denotan algo más que un interés topográfico, y que más adelante utilizó con gran efecto en sus cuadros.

De todos modos, es un hecho que, cuando un viajero normal de los siglos XVI y XVII cruzaba los Alpes, jamás se le ocurría admirar el paisaje; hasta el año 1739, en que el poeta Thomas Gray, que visitaba la Grande Chartreuse, escribió en una carta: “No hay precipicio, ni torrente ni risco, que no esté preñado de religión y poesía.”  ¡Asombroso!  Podría haber sido Ruskin. De hecho, yo no creo que toda la fuerza de la poesía alpina expresara hasta la época de Bryron y Turner, pero a mediados del XVIII bastante gente parece haber apreciado el atractivo de los lagos suizos y disfrutado de él en cierto sentido cómodo y diletantista. Hasta surgió una industria turística suiza que proveía de recuerdos a los viajeros en busca de lo pintoresco y produjo un artista notable y casi olvidado, Caspar Wolf [1735-1798] [ver imagen de cabecera], que se anticipa a Turner en casi una treintena de años. Pero como en los poetas ingleses de la naturaleza del siglo XVIII, se trata de una iniciativa provinciana, que quizá nunca habíar llegado a formar parte del pensamiento contemporáneo de no ser por el genio de Rousseau.”

(Kenneth Clark: “Civilización”. 1969)

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