Nueva York 1929 (1)

“Ante mí se abre una avenida que sería ancha si estuviese bordeada de casas europeas; dominada por edificios de treinta y cuarenta pisos, parece tan sólo una callejuela. El sol no entra en ella más que un momento, cuando está en el cenit, y entonces se ve mejor, en el fondo de ese desfile geométrico, un río humano que un deshielo instantáneo de las cimas irá a engrosar tres o cuatro veces al día. La masa de esas construcciones pesa sobre el transeunte, y si no le aplasta, le falta muy poco. Esos rascacielos, unidos por una simpatía de gigantes, se sostienen para ayudarse a subir, se arquean, se prolongan hasta el agotamiento de las perspectivas. Intenta uno contar los pisos uno por uno, y luego, cansada la mirada, empieza a subirlos por docenas; levanta uno la cabeza hasta partirse el cuello, y el último piso que se ve no es, en realidad, sino el primero de una serie de terrazas en disminución, que sólo una visión de perfil o a ojo de pájaro podrían revelar.

¡Los rascacielos! Los hay femeninos y masculinos: unos parecen templos del Sol, otros recuerdan la pirámide azteca de la Luna. Toda la locura de crecimiento que aplasta sobre las praderas del Oeste las ciudades americanas y hace brotar hasta el infinito los suburbios vivíparos, se expresa aquí en un impulso vertical. Estos infolios dan a Nueva York su grandeza, su fuerza, su aspecto porvenirista. Sin tejados, coronados de terrazas, pareces esperar globos rígidos, helicópteros, hombres alados del porvenir. Se asientan verticalmente, como números, y sus ventanas los siguen horizontalmente como ceros cuadrados, y los multiplican. Anclados en la carne viva de la roca, con cuatro o cinco pisos bajo tierra, conteniendo en lo más profundo de ellos mismos sus órganos esenciales, dinamos, calefacción central, remachados en hierro al rojo, amarrados por cables subterráneos, vigas de gran sección, ejes de acero, se levantan, estremecidos todos por el temblor formidable de los pisos superiores; la furia de las tempestades atlánticas retuerce con frecuencia el marco de acero; pero ellos resisten, gracias a la flexibilidad de su armazón a su delgadez ascética. Los muros han desaparecido, al no significar ya sostén alguno; esos ladrillos huecos, cuya construcción es tan rápida que puede levantarse un piso por día, no son más que un abrigo contra el viento, y ese granito, esos mármoles que guarnecen la base de los edificios, no tienen sino unos milímetros de espesor y constituyen únicamente un adorno; los cielos rasos enlatonados están simplemente prendidos en las armaduras, y el techo es de hojas de acero. Toda madera está prohibida, hasta en el decorado; todo el esfuerzo aumentado por la altura está horadado por esas jaulas ígneas, atravesadas por una veintena de ascensores y tantos haces de cables eléctricos que diríanse cabelleras… Mientras escribo estas líneas, habiendo salido de Nueva York hace tiempo, tengo aún en los oídos los ruidos de la taladradora que perfora en el hierro el agujero del roblón, manejada por un obrero enguantado, a caballo sobre el andamiaje aéreo, sin más herramienta que un cable eléctrico.

Del hecho de ser el rascacielos para nuestros artistas modernos el símbolo de América, se afirma con demasiada facilidad que ha existido siempre, cuando el primero data de 1881. Nació en Chicago, levantando tímidamente sus diez pisos sobre el légamo del Michigán. El “Home Insurance Building”, terminado en 1885, se construía sin la ayuda, por primera vez, de esas muletas que son los muros… El progreso era de pronto enorme; el paso más grande que la arquitectura haya dado desde la época gótica, sin duda. ¿Por qué el rascacielos había esperado tanto antes de aparecer? Fué necesario, para que pudiese existir, que interviniera Europa con todo su espíritu inventivo; fue necesario, ante todo, el descubrimiento del cemento, llamado Portland, importado de Inglaterra; después el del acero Bessemer, de procedencia alemana; y finalmente, y sobre todo, el genio atrevido de un arquitecto francés, Le Duc, que, mucho antes de 1880, había escrito en un ensayo sobre arquitectura “que podía planearse un edificio cuya armadura fuese de hierro y cuya envoltura de piedra sólo sirviese para cercarla y protegerla”.

El rascacielos podía, pues, elevarse desde entonces a la altura que se quisiera. Pero ¿cómo subir por dentro de él? Entonces fué cuando el ascensor, que ante el asombro de todos había hecho su aparición en 1850 en nuevo Hotel de la Quinta Avenida, de hidráulico no tardó en ser eléctrico y pudo seguir así al edificio en su ascensión.”

(Paul Morand: “Nueva York”. 1930)

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