Nueva York 1929 (2)

“¡Los puentes!

Puentes de Brooklyn, de Manhattan, de Williamsburg y de Queensboro… Es difícil hablar del puente de Brooklyn, el más antiguo de los de Manhattan, sin entregarse a un acceso de lirismo. Me es grato llegar a él a pie, a la caída de la noche, después de haber seguido los estribos, a lo largo de Lower Madison Street, al pie de esos pilares inmensos, de esas mamposterías ciegas semejantes a los acueductos de la campiña romana. Este arco único sostiene sobre su lomo, en su red de hierro, cuatro calzadas, dos para los autos y dos para los camiones. Estas calles aéreas están separadas por una doble vía férrea, por la que circulan los trenes y los tranvías. Por encima de todo ese conjunto se eleva en pleno cielo una ancha acera para los peatones. Brooklyn Bridge poseee también su belleza interior; es su ritmo frenético de trémolo, es su flexibilidad en la fuerza; todo el tráfico de Nueva York en él se desarrolla y le hace vibrar como una lira. Un puente no es más que un marco vacío. Algunos afean los paisajes, los obstruyen, los destrozan; otros, como éste, los devuelven a sí mismos; ordena la perspectiva y fija, como un toque negro e intenso, la bruma indecisa de las lejanías anegadas en la sombra, entre sus redes de acero.

Son necesarios varios meses para comprender la grandeza desleída en humedad de Londres; se necesitan varias semanas para experimentar el seco encanto de París; pero haceros conducir al centro de Brooklyn Bridge en la hora crepuscular, y en quince segundos habréis comprendido Nueva York. Al principio no se ve nada, está uno perdido en un entrecruzamiento de armazones, de vigas, de cables dilatados por el sol de la tarde. Huysmans, en su célebre artículo sobre la estética del hierro, tan despreciativo para el arte nuevo, no habría podido aquí, como frente a la Torre Eiffel, “encogerse únicamente de hombros ante esta glorificación del alambre y de la plancha, ante esta apoteosis de la pila de viaducto, del piso de puente”. Amemos, por el contrario, esta inmensa charnela que une dos orillas. Bajo nuestras plantas está el vacío, el río, que cuarenta metros más allá se deja rechazar por el mar. Al fondo, la Libertad, entre una niebla parecida a un plumaje de los trópicos, con su brazo levantado, pide socorro. El sol, ahora, ha desaparecido, aplastando el Celeste Imperio de Mot Streeet, la Italia de Canal Street, la antigua Holanda de Maiden Lane, civilizaciones inferiores todas que se arrastran respetuosamente a los pies del Dinero; los rascacielos se alzan en una línea; semejantes a unos monasterios de Lamas, en una Lhassa inexpugnable, adquieren una altura que no tienen, ni cuando se los contempla desde el Hudson. Hay que cruzar a pie Brooklyn Bridge. Llegado a mitad de camino, me detengo a la entrada de esa ojiva negra que sostiene la superestructura; abajo, a través de las jaulas suspendidas en el vacío, los expresos se cruzan, entre un estruendo infernal, con los tranvías rojos, que arrojan chispas verdes.

Un momento de calma que dura dos centésimas de segundo y todo aquello vuelve a empezar. Choque de floretes durante el asalto. De un golpe, la electricidad se enciende en cincuenta pisos; inmediatamente la Ciudad Baja deja de tener espesor, queda agujereada de luces como cuando se pasea una bombilla por detras de las vistas de las cajas ópticas. Las líneas desaparecen; se acabaron los muros, las masas, los relieves; todos los rascacielos reunidos, simplificados, se asemejan a un gran incendio cuadrado y cuadriculado atizado por el viento de alta mar. La luna ya no tiene la palabra. Esas torres de catedrales a las que hubiese prendido fuego el diablo son un espejismo brotado de un mundo fantástico, que aparece no eterno, sino fuera del tiempo…”

(Paul Morand: “Nueva York”. 1930)

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