Nueva York 1929 (y 3)

“Entonces fué cuando empezaron a edificar el Metropolitan Museum. No había existido ningún rey, ningún general victorioso, ningún viajero que enriqueciese las colecciones neoyorquinas; ningún americano había efectuado excavaciones, ninguna de las familias opulentas poseía en el siglo XVIII esos saloncitos llenos de curiosidades, que son el origen de tantos museos europeos; ningún gran artista había legado a sus conciudadanos los tesoros de su estudio; en Nueva York no se veían más, según nos cuentan los viajeros de aquella epoca, que exhibiciones de feria. Se aprendía historia natural en la barraca de Barnum, donde Hauranne, que la visitó en 1864, vió “gigantes de Islandia, mujeres de la Patagonia, enanos, serpientes de mar y pigmeos”. Finalmente, llegó Pierpont Morgan, que supo fomentar, recoger y agrupar los primeros grandes legados, proporcionar fondos, llegar oportunamente a Europa, hacia 1900, para comprar las últimas maravillas disponibles. No era un aficionado muy competente. Era más bien un coleccionista de colecciones; pero a su muerte dejaba a Nueva York uno de los más bellos museos del mundo. Hoy día, bajo la presidencia de Mr. Robert W de Forest, siguen abriéndose nuevas salas; han inaugurado una sección americana, rehabilitando la época colonial. La disposición del sepulcro de Perneb, que conduce a las catorce salas egipcias, es una muestra de eso a que son tan aficionados los americanos y que llaman “ambiente”: las vitrinas de arte cipriota [sic] (Cesnola), de piedras grabadas, de vidrios y alfarería romanos, están expuestos, siguiendo el método alemán, con un lujo inaudito de facsímiles, de moldes, de comentarios fotográficos y de mapas geográficos, en los que la historia y el lugar de las excavaciones están señalados en color. Habiendo llegado demasiado tarde para adquirir las obras maestras del arte clásico, los Museos americanos, tan bien dotados, han realizado, por el arte de las épocas remotas, un esfuerzo que supera todo cuanto hemos podido hacer nosotros. Por eso es tan indispensable una visita a Nueva York para un artista de hoy, como una visita a Italia para un artista del siglo XVIII. Las excavaciones de Minos, las admirables ánforas geométricas cretenses (tan afines con el arte negro y con los motivos ornamentales de cestería de los indios Hopi), las treinta y nueve monedas de oro bizantinas, llamadas el tesoro albanés; objetos arcaicos como las joyas etruscas de Montleone, están en el piso bajo, junto a una sala donde las obras de Rodín son casi tan numerosas como en el Museo Biron. El arte chino no es aquí de tanta categoría como en el British Museum o en el Museo de Boston; respecto al arte japonés, y excepto una asombrosa cabalgata fúnebre del siglo VII, prefiero Detroit o el Museo de Brooklun. En pintura, cierto número de legados son expuestos, por desgracia, individualmente, conforme a los deseos de los donadores, lo cual fracciona el interés y cansa al visitante. La colección Marquand con sus Frans Hals y su admirable duque de Lennox, por Van Dyck; la colección Heran, especializada en el siglo XVIII inglés (en ninguna parte, excepto en Londres, existen una obras pictóricas inglesas tan bellas como en Nueva York), en la cual se puede admirar, además, la célebre “Conne Gilchrist saltando a la comba”, por Wistler, …; la colección Altman, con sus salas holandesas (y además un “Felipe IV”, de Velázquez; un “Retrato de hombre”, de Memling; “La dama del clavel”, “El perito tasador”, de Rembrandt; un asombroso Frans Hals; “La muchacha del clavel”, de Vermeer, y unos tapices persas extraordinarios…), formaron el primer núcleo de obras del Metropolitan. La escuela francesa está bien representada, desde Poussin a Monet… España figura allí con una “Natividad”, del Greco; una “Mariana de Austria”, de Velázquez; “Don Gonzotínez”, una “María Luisa” y una “Corrida de toros”, de Goya. […]

La costumbre de legar las colecciones al Estado a la muerte de sus dueños, está mucho más extendida en América que en Europa. Por eso los museos se enriquecen tan rápidamente. Me disponía a ir a presentar a Mrs. Havemeyer una carta de presentación; ocurrió que dos semanas después de mi llegada, esa dama falleció; legaba sus cuadros al Metropolitan; el testamento fué aceptado inmediatamente; pueden contemplarse, ahora ya, en el museo de la calle Ochenta y dos, una “Vista de Toledo” y el “Cardenal Fernando Niño de Guevara”, del Greco; “Majas al balcón” y “Ciudad sobre una roca”, de Goya; Mrs. Havemeyer lega, además, cinco Rembradt, media docena de Monet, tres Corot, un Poussin; “Napoleón Cousin”, de Ingres; paisajes y naturalezas muertas de Cézanne; muchos Degas, comprados en la venta Rouart, y, cosa que parece prodigiosa, una veintena de Manet … obras que han sido escogidas todas para la donadora por Mary Cassat.

No menos asombrosa es la colección Frick, cuyo acceso al público está bastante restringida pues pertenece todavía a Mrs. Frick. Colección poco numerosa pero selecta, cuya obra maestra es una “Felipe IV”, con traje rosa y plata, por Velázquez, de igual calidad que los del Prado; un Goya, dos Vermeer, ocho Frans Hals, diez Rembrandt, el “Conde de Derby”, por Van Dyck, y un “Retrato de hombre”, de pie, por el Greco, de rarísima factura. Los nombres de Manet, Fragonard, Holbein Watteau, Fouquet, Clouet, Memling, Ingres, Daumier, Cézanne, Picasso, Braque, Derain, Renoir, Rousseau, … entre muchos otros, resuenan en una docena de colecciones más.

(Paul Morand: “Nueva York”. 1930)

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