Nuevos tiempos…

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“Las primeras fundiciones de hierro a gran escala, como Carron o Coalbrookdale, datan de hacia 1780: el libro de Howard sobre la reforma del sistema penitenciario se publicó en 1777, y el ensayo de Clarkson sobre la esclavitud en 1785. Puede tratarse de meras coincidencias, porque por aquella época la aplicación de la potencia mecánica a la industria era, para la mayoría de la gente, un motivo de orgullo. Las primeras representaciones gráficas de la industria pesada son optimistas. Los propios obreros no se oponían a ella por su carácter infernal, sino por temor a que las máquinas les dejasen sin trabajo. Los únicos que en aquellos primeros momentos comprendieron lo que la industrialización significaba fueron los poetas. Para Blake, como todos sabemos, las fábricas eran obra de Satanás. “Oh Satán, mi benjamín…, tu obra es la eterna muerte con fábricas, hornos y calderas.” Y Burns, a su paso por la fundición de Carron en 1787, dejo escritos estos versos en el cristal de una ventana:


“No hemos venido aquí para ver vuestra fábrica

con la esperanza de ser así más sabios;

sino, si acaso vamos a parar al infierno,

porque no nos coja aquello de sorpresa.”


Tuvo que transcurrir bastante tiempo –más de veinte años—antes de que el hombre de la calle empezara a vislumbrar la clase de monstruo que se había creado. […]

En sus primeras etapas, la Revolución Industrial fue también parte del movimiento romántico. Y al llegar aquí debo hacer un inciso para decir que los pintores llevaban bastante tiempo utilizando fundiciones para acrecentar el impacto imaginativo de sus obras con lo que hoy llamaríamos un efecto romántico; y las habían introducido en sus cuadros para simbolizar la boca del infierno. El primero en hacerlo, que yo sepa, fue Hieronymus Bosch en torno a 1485. Procedía de una región de los Países Bajos que fue de las primeras en industrializarse, y de niño el resplandor de la fundiciones de hierro debe haber añadido una imagen muy real a los horrores imaginarios que poblaban su mente. El Bosco era muy admirado en Venecia, y en la obra de Giorgione y sus seguidores  –los primeros románticos conscientes de serlo–  la fundición aparece como boca del submundo pagano. Los mismos hornos escupiendo fuego reaparecen en los paisajistas románticos de principios del siglo XIX, en Cotman y a veces en Turner (con demasiada parquedad: Turner debería haber sido para la Revolución Industrial lo que Rafael para el humanismo). El caso más curioso es el de ese pintor de segunda fila conocido con el nombre –totalmente injustificado–  de Mad Martin [John Martin (1789-1854)], que asimiló los efectos dramáticos e incluso la arquitectura del industrialismo para después emplearlos como base de sus ilustraciones de Milton y la Biblia. Sus panorámicas del reino de Satán, más vastas y más siniestras que los decorados de las películas de D. W. Griffiths, representan un desarrollo genuino del estilo contemporáneo, y él fue el primero en ver la importancia que el túnel había de tener para la imaginación de la primera mitad del siglo XIX.”

(Kenneth Clark: “Civilización”, 1969)

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