Old Penn Station

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Uno de los atentados más inconcebibles cometidos contra el arte monumental de principios del siglo XX se produjo en la ciudad de Nueva York al demolerse la antigua Estación de Pennsylvania.

Construida en 1910 por McKim & Mead and White, firma que incluía a los arquitectos Charles Follen McKim, William Ruthford Mead y Standford White, se trataba de una gigantesca edificación concebida a escala y modelo de las antiguas termas de Caracalla, en un ejemplo de eclecticismo arquitectónico que combinaba el estilo neorromano con la aportación de la arquitectura del hierro, imprescindible en la construcción de algunas zonas específicas como los andenes.

Sus dimensiones realmente emulaban las grandes construcciones romanas, porque llegó a ocupar más de siete hectáreas de espacio. Su disposición en planta contaba con un perímetro cuadrado rodeado por una columnata continua de orden dórico, que le otorgaba un aspecto exterior característico por su severidad clásica. Pero donde realmente la escala del edificio nos devolvía al colosalismo arquitectónico de la antigüedad era al interior: enormes corredores cubiertos con bóvedas de lunetos, grandes bóvedas de hierro cubriendo las vías y acceso a los andenes, escaleras monumentales, portalones a modo de arcos de triunfo, y lo más espectacular, un inmenso hall, construido a imagen y semejanza del frigidarium de las termas romanas, con una fenomenal bóveda de arista decorada con lacunares octogonales, enormes columnas de orden corintio y amplios ventanales en la parte superior.

La concepción espacial resultaba así realmente sobrecogedora, porque a la escala descomunal se añadía una exuberancia ornamental que igualmente se equiparaba a lo romano. Toda una joya constructiva, que durante varias décadas se convirtió en uno de los referentes arquitectónicos de una ciudad que no estaba precisamente falta de ellos, como es Nueva York.

Aún así, en 1963 se decidió su demolición por una doble causa: principalmente la de especular con el suelo de un espacio tan amplio en pleno corazón de Manhattan (entre la 7ª y la 8ª avenidas y la calle 34, donde hoy se encuentra el Madison Square Garden), y en segundo término por reducir los gastos de mantenimiento de un edificio tan grande.

La polémica fue larga y vehemente, porque muchos neoyorquinos eran conscientes de la pérdida que aquella destrucción representaba. El New York Times llegaba a decir: “Hasta que cayó el primer golpe, nadie estaba convencido de que la estación de Pensilvania realmente iba a ser demolida; o que Nueva York permitiría este monumental acto de vandalismo en contra de uno de los mejores y más grandes hitos de su edad de la elegancia romana“. Pero ocurrió, desapareciendo así uno de los edificios más espectaculares de la historia reciente.

En cualquier caso la prueba de que a la larga para todos resultó una pérdida irreparable a la par que bochornosa es que desde entonces se cuidó con mucho más tino este tipo de actuaciones, consolidándose toda una serie de estatutos y legislación en la conservación del patrimonio arquitectónico de la ciudad, que de hecho, ha impedido que volvieran a ocurrir casos semejantes.

Nada mejor para comprobar lo dicho que acercarnos a un amplio repertorio fotográfico de lo que llegó a ser la vieja Penn Station, o de disfrutar de un vídeo que nos cuenta su historia desde los inicios de su construcción. 


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