P. Auguste Renoir: Baile en el Moulin de la Galette. 1876.

Pierre-Auguste Renoir es uno de los nombres propios que define el movimiento impresionista, y sin duda uno de los mejores pintores de toda la Historia del arte, porque sus cuadros, más allá de pertenecer a uno u otro movimiento, son la mejor representación del encanto, la belleza y la armonía pictóricas.

Nacido en un entorno humilde, hijo de sastre y costurera, Pierre y su familia se trasladarán de Limoges a París como tantos otros en su época para mejorar su situación económica. Por eso mismo sus estudios fueron breves, y adolescente todavía entró a trabajar como aprendiz en un taller de porcelana. Pronto demostró sus dotes en la decoración de las piezas, lo que le animó a mejorar su formación, primero en el estudio de Charles Gleyre, en el que coincidió con con Claude Monet, Alfred Sisley y Frèdéric Bazille, y después en la Escuela de Bellas Artes, cuya matrícula pagaba con lo que lograba ahorrar de su trabajo. Aquí completaría una educación artística más clásica y convencional pero contraria a las nuevas ideas que se estaban fraguando precisamente entre sus amigos de la Academia Gleyre y que darían lugar al movimiento impresionista.

Renoir será uno de sus iniciadores, primero en las tertulias del Café Guerbois y con el magisterio de Manet en su estudio de la calle Batignolles, y después participando activamente en la organización de la famosa exposición de 1874, la primera exhibición impresionista organizada en el estudio del fotógrafo Félix Nadar. De hecho fue Renoir, junto a su hermano, quien trabajó en la elaboración del modesto catálogo de la misma, y el que no tuvo reparos en ayudar en todo tipo de tareas, colgando incluso los cuadros de la muestra.

Sus pinturas desde ese momento participan de todas las características que definen el nuevo estilo, si bien en su mano se advierte un sello distintivo, tal vez consecuencia de su formación más depurada, porque es la suya una pintura más lírica y sensual, más delicada y más consistente, que lo convierten en el más refinado de los impresionistas. Tal vez por la misma razón, Renoir preferirá la figuración al paisaje, y la expresión cálida de sus personajes a las impresiones que pueda evocar la naturaleza. Puede que por ese mismo motivo fuera de los primeros pintores del grupo en obtener cierto éxito con su obra, y no tardar en alcanzar una notoriedad que le permitió abandonar la pobreza en la que tuvo que vivir los primeros años de su vida artística.

Aunque su etapa impresionista fue breve, como le ocurriera a la mayoría de sus compañeros a excepción de Monet. Al fin y al cabo resultaba a la larga un estilo un tanto reiterativo. Esa razón y un viaje a Italia, revelador para él, cambiarán su estilo a partir de la década de los años 80, orientándolo hacia un sólido clasicismo, que combinado con su dominio del color y la mancha le convertirán en un ejemplo singular de las distintas versiones de lo que se ha dado en llamar Postimpresionismo.

Entre sus obras más hermosas y monumentales es imprescindible comentar su Baile en el Moulin de la Galette (Bal au Moulin de la Galette). Cuando lo pinta, en 1876, Renoir está viviendo en el barrio de Montmatre, un lugar entonces en las afueras de París donde coincidían artistas, bohemios y estudiantes, que le daban un carácter pintoresco y divertido. Para Renoir un entorno entrañable y sugerente, motivo e inspiración de varios de sus cuadros como el que nos ocupa, que representa uno de los rincones más emblemáticos del barrio. El Moulin de la Galette era un local al pie de un viejo molino abandonado de los muchos que en otro tiempo salpicaban el paisaje de Montmatre, cuyos dueños decidieron un buen día techarle el patio anexo y convertirlo en un salón de baile. Pronto se convirtió en el local de moda de aquella gente sencilla que acudía las tardes del domingo a bailar, charlar, beber y divertirse.

El lugar se merecía un cuadro y Renoir decidió pintar sobre todo su ambiente: el bullicio, la alegría, la animación y el contento que compartía el pueblo humilde en aquel rincón de París. Primero pintó una versión de pequeño tamaño, directamente del natural y que serviría de estudio previo al cuadro mucho más grande y monumental que realizaría a continuación.

En él podemos contemplar algunos parroquianos de los incondicionales del local, buenos amigos de Pierre-Auguste: en primer plano las hermanas Estelle y Jeanne, modelos del pintor, y sentados a la mesa, amigos como los pintores Franc Lamy y Norbert Goeneutte, así como Georges Rivière, escritor y crítico, amigo íntimo de Renoir. A la izquierda en medio de la pista de baile se distingue al pintor cubano Pedro Vidal, bailando con su amiga Margot, y al fondo otros colegas artistas entre los que puede distinguirse a pesar de la difuminación de las formas y colores al pintor Frèdéric Samuel Cordey, Eugene Pierre Lestringuez (que hará un retrato de Renoir), el academicista Henri Gervex o Paul Lhote, que también retratara a su colega.

El cuadro por tanto es en parte un homenaje a sus amigos del barrio y principalmente a sus compañeros pintores. Pero ya hemos dicho que el cuadro es mucho más. Cuenta con una estructura compositiva compleja, formada por una doble diagonal en dos planos de perspectiva. La primera, en primer plano formada por el banco y la posición de los personajes sentados a la mesa, y la segunda, alrededor de la pareja de bailarines. Doble perspectiva que a su vez constituye un enfoque sorprendente de la escena, que combina la visión en picado (desde arriba) del primer plano, y la frontal de los segundos. Efecto que contribuye así no solo a subrayar la profundidad de campo, sino a dinamizar toda la escena y darle ese ambiente bullicioso y festivo que reproduce el ambiente del lugar.

Pero como siempre en los cuadros de Renoir lo que realmente destaca es su tratamiento de la luz y del color, así como los recursos de su pincelada. Porque es la luz cálida y sugerente que emana de sus colores lo que consigue envolvernos en la atmósfera acogedora del local, y son sus tonos delicados, a base de azules sobre todo, pero también de blancos perlinos, rosáceos y amarillos los que le otorgan el encanto delicado que suele emanar de todos los cuadros de Renoir. Pincelada de mancha, vahída, difusa, llena de espontaneidad y frescura; sombreado con color, como siempre en los cuadros impresionistas, para que nos estalle en la retina toda su alegría y esplendor. E instantaneidad también, conseguida esta vez haciendo vibrar los tonos con mayor o menor intensidad como lunares de color sobre la espalda de las figuras, según jueguen las sombras y la luces al mecer el viento las hojas de los árboles.

El cuadro es así un canto a la alegría, a la alegría de vivir, a esos momentos irrepetibles e inolvidables en que nos dejamos llevar de la diversión y el tiempo se detiene. Talmente como mirando esta escena, igualmente irrepetible e inolvidable.

En una línea similar pintaría años más tarde Le déjeuner des canotiers. (Colección Philips. 1881) que insiste en recrear un ambiente festivo de variados personajes y muy parecida estructura compositiva y perspectiva, si bien se advierte ya una mayor precisión en el trazo que refuerza así la sensualidad y el encanto de otro cuadro amable y exquisito.
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Baile en el Moulin de la Galette formaría parte de la III Exposición impresionista, la de 1877, pasando después a la colección del pintor Gustave Caillebotte, que lo legaría con el tiempo al Estado, razón por la cual hoy podemos disfrutar de su contemplación el Museo d’Orsay de París. En cuanto a la versión menor pintada en primera instancia, deambularía en distintas colecciones privadas hasta ser subastado en 1990 por 78 millones dólares, continuando en la actualidad en propiedad particular.

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