Panteón Real de San Isidoro de León. SS. XI-XII

La historia del conjunto monumental de San Isidoro de León comienza cuando se construye una primera iglesia muy modesta de materiales pobres (“de cal y ladrillo” dicen las crónicas) dedicada a San Juan Bautista, a finales del S. X., reinando Alfonso V de León y después de la razia destructiva que había provocado Almanzor en la ciudad.
Pero la iglesia, tan modesta, sería reemplazada por otra en tiempos de Fernando I a mediados del S. XI, a quien convencería su esposa Sancha de León, a la postre hija de Alfonso V, para que la sustituyera por una construida en piedra. Así lo hizo el rey, aunque se conformó con una construcción de pequeñas dimensiones por su carácter palatino (y no abierta a los fieles) al estar muy cercana al propio palacio real. Por la misma razón se decide también construir en esa misma campaña y a los pies de aquella iglesia un Panteón Real que sirviera para unificar los enterramientos regios en un mismo lugar y no dispersos como se había hecho hasta entonces. Además la iglesia se enriqueció con una reliquia tan prestigiosa como la del propio San Isidoro, arzobispo de Sevilla, cuyo cadáver se trasladó a León, lo que a su vez sustituyó la dedicación del templo, que ahora cambió de San Juan Bautista a San Isidoro. Desde el punto de vista arquitectónico se trataría de una iglesia de estilo románico, de tres naves y estructura basilical, cabecera de tres capillas rectas escalonadas y cubiertas en cañón, y crucero no destacado en planta. Su fecha temprana (se habla de su consagración en 1063, aunque eso no quiere decir que estuviera terminada), la colocaría entre las primeras del pleno románico español. No obstante algunos detalles conservados la relacionan con la tradición mozárabe de algunas construcciones del Primer románico e incluso del Románico asturiano. Así, el acceso al Panteón desde la iglesia, cegada posteriormente al construirse la ampliación del S. XII, que se trataba de una puerta muy característica en arco de herradura y decoración polilobulada.
Sobre esta estructura se construiría una nueva iglesia completamente renovada un siglo después, convirtiéndose en la construcción que hoy puede visitarse. De la anterior prácticamente no quedaría nada, a excepción precisamente del Panteón Real, hoy a los pies de la iglesia del S. XII.
Constructivamente el Panteón consiste en un espacio rectangular, de pequeñas dimensiones (apenas 8 metros de lado), dividido en tres naves y seis espacios cubiertos en arista, por medio de dos gruesas columnas centrales y siete arcos de medio punto.
Pero lo verdaderamente importante de este Panteón Real, más allá de su simbolismo como sepulcro regio, es su decoración, tanto de su programa escultórico, como sobre todo de su impresionante repertorio pictórico, culminado ya en el último tercio del S. XII.
Los capiteles representan temas vegetales, zoomórficos, del bestiario románico, y algunos historiados que complementan la iconografía pictórica, con temas que mezclan el Antiguo y el Nuevo Testamento: el sacrificio de Abraham, la historia de Balaam, la curación del leproso, y la resurrección de Lázaro.
Las pinturas por su parte ocupan todas las cubiertas y muros del espacio construido, en una manifestación espectacular de escenografía pictórica. Están realizadas al temple sobre estuco blanco, a pesar de lo cual presentan un saludable estado de conservación, lo que unido a su luminosidad cromática, su extensión y su extraordinaria calidad pictórica le han valido el conocido sobrenombre de “Capilla Sixtina del arte románico”.
Desde el punto de vista iconográfico las pinturas en su conjunto completan el tema de la Redención por Cristo de los hombres, desarrollado a través de tres ciclos cristológicos: Natividad (que incluye Anunciación, Visitación, Nacimiento, Epifanía, Anuncio a los pastores, Huída a Egipto, Circuncisión y Martirio de los Inocentes); Pasión (con los temas de la Última cena, Negación de Pedro, Pasión y Crucifixión), y Resurrección (con los temas de la Resurrección, el Apocalipsis, la entronización del Cordero místico y el Pantocrátor).
IsidoroPint000
La lectura seguiría un itinerario que comenzaría en el muro sur con la escena de la Anunciación, y siguiendo el sentido de las agujas del reloj concluiría al norte en la bóveda del Apocalipsis, culminando con el Pantocrátor central presidiendo la sala.
A ello habría que añadir un calendario agrícola (12) en el intradós del arco más septentrional con representación de doce medallones en los que se reproducen los meses del año y las faenas agrarias propias de cada mes. Así como representaciones simbólicas del Espíritu Santo (13) y la Mano de Dios (14), bendiciendo todo el conjunto.
La Anunciación y la Visitación se hallan en el primer arco ciego del muro sur (1). Bajo la primera bóveda, sobre la puerta de acceso desde la iglesia (en el muro por tanto) se sitúa el Nacimiento, que queda mutilado en parte precisamente por la construcción de esta puerta que no era original sino la que se abre al ampliar la iglesia del S. XII (2). A continuación, en la primera bóveda, se representa el Anuncio a los pastores (3), tal vez uno de los conjuntos más original y expresivo: un ángel bate sus alas mientras los pastores cenan y tocan instrumentos musicales y los animales pastan alegremente, en una escena bucólica y llena de espontaneidad y realismo. En el muro siguiente se reproducen otras tantas escenas de la Natividad: Epifanía, Huída a Egipto (4) y Presentación en el templo. En la segunda bóveda sur, la Matanza de los inocentes (5), otra de las escenas más conocidas: Herodes se halla sentado en su trono contemplando cómo sus verdugos sacrifican cruelmente a los niños . Tanto por su macabra expresividad, como por la ingenua naturalidad con la que se trata un tema tan dramático resulta una de los conjuntos más sorprendentes y también más logrados del arte románico. En la segunda bóveda central se representa la Última cena (6), una de las escenas más abigarradas y de mayor complejidad compositiva, con los doce apóstoles alrededor de Cristo (cuatro a cada lado y otros tres agachados en un registro inferior, a un lado Simón, al otro, Matías, y en medio sin nimbo, Judas Iscariote) y además en los ángulos superiores, las figuras con sus cartelas correspondientes de Tadeus (Judas Tadeo, duodécimo apóstol), y Marcialis Pincerna (referido a San Marcial de Limoges, aquí representado como el copero o escanciador de la Última cena), y en en el extremo inferior derecho un gallo, alusivo a la frase de Cristo cuando le dice a Pedro “no cantará hoy el gallo sin que niegues tres veces que me conoces” . En la última bóveda del lado norte se acumulan varias escenas de la Pasión (7): el Prendimiento, la Negación de Pedro e imágenes del Viacrucis. En el muro oriental, en su parte más al norte, se representa la Crucifixión (8), y a continuación en el muro central (sobre la que fuera entrada original al Panteón desde la iglesia del S. XI), la imagen del Cordero entronizado (9). En la bóveda noroeste, Cristo glorificado o Apocalipsis (10), con variadas imágenes de estrellas, San Juan de rodillas, un ángel con el libro abierto, pavos reales (símbolo de la inmortalidad), así como el detalle del candelabro de los siete brazos que vendría a simbolizar la unificación definitiva del Antiguo y el Nuevo testamento. Por último, como ya sabemos, en la bóveda central la imagen del Pantocrátor rodeado del Tetramorfos presidiendo todo el conjunto (11).
Desde el punto de vista puramente formal se advierte un cambio estilístico respecto a las pinturas del románico más tradicional, debido probablemente a una mayor influencia del románico francés. Así, las pinturas de San Isidoro presentan menor rigidez y hieratismo, y un tono anecdótico más alegre y ameno, como hemos podido comprobar en el análisis anterior. Los personajes adquieren disposiciones más libres e independientes; se advierte un mayor naturalismo; más espontaneidad y vitalidad en las figuras; mayor detallismo, e incluso, aun conservando la característica planitud de los colores, la figuración presenta un mayor volumen a través de un sutil sombreado. La riqueza de la paleta es igualmente sorprendente.
En cuanto al Pantocrátor central, enmarcado por una doble aureola, resplandece tremolante de luz, en una actitud severa, pero más dulcificada que en otros de tono más icónico y autoritario.
En definitiva, uno de los mayores espectáculos pictóricos del arte románico.
IsidoroPint00

Be the first to comment on "Panteón Real de San Isidoro de León. SS. XI-XII"

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*