Perugino, maestro de Rafael.

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Perugino: La Virgen apareciéndose a san Bernardo. Alte Pinakothek. Munich. 1494.

“Al igual que el maestro de Miguel Ángel, Ghirlandaio, y el maestro de Leonardo, Verrocchio, el de Rafael, Perugino, pertenecía a la generación de aquellos acreditadísimos artistas que necesitaban gran cantidad de hábiles aprendices para que les ayudaran a sacar adelante los muchos encargos que recibían.

Perugino fue uno de tales maestros, y su manera suave y devota en los cuadros de altar le hacía ser respetado por todos. Los problemas en que se debatieron a brazo partido y celosamente los artistas primitivos del Quattrocento ya no le ofrecían a él muchas dificultades. Algunas de sus obras más admiradas muestran que supo conseguir el sentido de la profundidad sin romper la armonía del diseño, y que aprendió a manejar el sfumato de Leonardo, así como a evitar que sus personajes tuvieran una apariencia rígida y tosca. La Virgen apareciéndose a san Bernardo (Alte Pinakothek. Munich. 1494) es un cuadro de altar dedicado a san Bernardo. El santo levanta la vista de su libro para mirar a la Virgen que se halla ante él. La composición no puede ser más sencilla, y, sin embargo, no hay nada rígido ni forzado en su casi geométrica disposición. Los personajes están repartidos de manera que formen una composición armónica en la que cada cual se mueva con serenidad y holgura. Es cierto que Perugino consiguió esta bella armonía a costa de alguna otra cosa: sacrificó aquella reproducción fidedigna de la naturaleza en la que se esforzaron con tan apasionada devoción los maestros del Quattrocento. Si observamos los ángeles de Perugino, vemos que todos obedecen, poco más o menos, al mismo tipo: un género de belleza creado por él y aplicado, con variantes siempre nuevas, a sus obras. Si contemplamos un número excesivo de éstas, podemos llegar a cansarnos de las mismas; pero ellas no tenían por finalidad ser contempladas unas junto a otras en las salas de los museos. Tomados aisladamente algunos de sus mejores cuadros, nos permiten asomarnos a un mundo más sereno y armonioso que el nuestro.”

En E. Gombrich: Historia del arte.

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