Poeta en Asia

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“Después de los agitados días de Francfort, nos detuvimos brevemente en Bombay. Paramos en nuestro viejo y querido Taj Mahal Hotel. Conserva su fisonomía, aunque le han añadido un ala charra como un “set” de Hollywood. Cada día me gusta más esa arquitectura de principios de siglo, a la que no hay más remedio que llamar literaria pues parece, más que construida, escrita por un lector de Proust y/o de Raymond Roussell. Volvimos a Elefanta. Esas enormes pero no desmesuradas esculturas están muy lejos de las volutas de 1900. Arte rotundo, amplio y a veces un poco pesado, como todo lo que es sublime. Un Miguel Angel sin “pathos” y sin vuelo, bien plantado en la tierra. No una escultura que asciende sino que desciende del cielo. Serenidad. Pero la ola de la miseria ya golpea los flancos del Taj Mahal. Desde el campo aéreo se extienden barrios que son llagas inmensas, vastas como Barcelona o Madrid. La gente nace y muere, como y defeca en las calles, en pleno día. Horror excremencial.

Después volamos a Hong Kong. La bahía es muy hermosa…las graciosas colinas están cubiertas de rascacielos. Hong Kong es un Nueva York amarillo, más pequeño y más vivaz, sin Biblia y sin remordimientos. También más chato y ruidoso. El contraste con Tokio es impresionante. … Hong Kong es un puerto en las afueras de un imperio, un hijo de la geografía y de la historia, es decir, de la casualidad; Tokio es la capital de un imperio.

Japón no es “el imperio de los signos”, como dijo Barthes: es el imperio de las formas. Pero las formas japonesas, a la inversa de Occidente y del Islam, no son simétricas. No las rige el idealismo de la geometría —el reino incorruptible de las ideas y las proporciones— sino la espontaneidad y la irregularidad de la naturaleza. El jardín japonés es un cosmos diminuto. Me dirás que la naturaleza del arte japonés es muy poco natural. Sí, es un naturalismo estético y sus peligros son la artificialidad y la monotonía. La forma es ceremonia y la ceremonia degenera a veces en tiranía de genuflexiones. Pero dentro de estos límites los japoneses han creado obras raras y únicas. No pienso únicamente en los palacios, templos y jardines ni en las novelas, el teatro Noh, la pintura y la poesía sino en esa multitud de objetos de uso diario que nos maravillan por sus formas simples y refinadas tanto como su lealtad a las materias de que están hechos. La piedra es la piedra, la madera es la madera, barro el barro y seda la seda.

De Tokio volamos a Bangkok. El Sudeste asiático ha sido el lugar de encuentro de las dos grandes civilizaciones de este continente, la india y la china. La fusión ha dado culturas como la Kmer (Cambodia) y una serie de obras inspiradas por el budismo, de Birmania a Indonesia. En cambio, en Bangkok la influencia de Occidente no ha sido del todo feliz. La ciudad moderna es fea y ahoga a la arquitectura tradicional (palacios y templos del siglo XVIII y principios del XIX). Es una arquitectura vistosa, decorativa, de un mal gusto que habría encantado a un Lorca o a un Valle-Inclán, pero que tiene gracia y brillo (o, más bien: brillos). Los palacios y templos de Bangkok me hacen pensar en una cuadrilla de toreros vestidos con ternos lujosos de lentejuelas que parten plaza no en un circo sino en una explanada rectangular y bajo la mirada benévola de los enormes Budas.

…Estamos en Delhi desde hace seis días. …La ciudad es hermosa: jardines, avenidas, monumentos grandiosos, unos dejados por los ingleses y otros, lo más notables, por las sucesivas dinastías musulmanas que han reinado aquí, desde el siglo XII hasta el XIX. La arquitectura de Delhi es esencialmente islámica: geometría de piedra y mármol bajo un cielo inmaculado. Ayer estuvimos en uno de esos mausoleos del período moghul (la tumba de Safdarjang, ejemplo tardío pero espléndido) [imagen de cabecera de este texto]. Juegos de ecos y reflejos: el cuadrado y el rectángulo, el arco y la esfera, las perspectivas de las cuatro calzadas y sus pórticos, la sucesión de terrazas en el centro, con sus cámaras y galerías; en el centro la tumba del prócer, pequeña entre tanta grandeza. Arriba, la cúpula. Mármol y piedra rasa. Irrealidad de lo más real: los bloques pétreos. La geometría transfigura el espacio, lo vuelve idea y así lo disipa. El dios sin rostro del Islam se manifiesta en una geometría insubstancial, aunque está hecha de piedra dura. …Nada más contrario al arte de China y Japón que la geometría del Islam. Pero también el arte hindú se opone al de Extremo Oriente. Mientras el artista hindú tiene horror al vacío, el arte de chinos y japoneses es una poética del espacio vacío, de la pausa y del silencio.”

                  (Octavio Paz: “Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997”)

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