Realismo, del paisaje a la ciudad

000 CourbetPicapedreros

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Si los paisajistas plantean una pintura basada en la vivencia y captación directa de la naturaleza —como huida y rechazo de la cultura industrial—, va a producirse una segunda linea que centrándose en una temática más urbana da lugar a una pintura provocadora que refleja y denuncia la realidad con toda su crudeza y sin adornos.

Con el Realismo la cuestión del tema a tratar por el artista va a ser, por última vez, una cuestión importante en el mundo del arte. Lo que va a ocurrir con el Realismo es que ya no hay temas mejores ni peores, adecuados o no: se democratiza la temática. No hay tema que no sea digno de ser tratado o dicho de otro modo: todo los temas son igualmente dignos de ser tratados por el artista. Pero además el artista realista no solo valora como iguales todos los temas, sino que además busca pintarlos todos con veracidad, con sinceridad, pero sobre todo con fidelidad. Como diría un crítico de la época: “En la realidad nada es espantoso; al sol los harapos son tan buenos como los vestidos imperiales”. El Realismo rechaza el adorno y engrandecimiento de lo académico; rechaza la imaginación desbordada de los románticos. Tan solo busca que sus obras sean fiel reflejo de la realidad, con toda su fealdad incluida si es preciso. No se viste a los personajes al modo antiguo, no se le ofrece en posturas estudiadas, no busca la limpieza y la pulcritud de las ropas, tan solo busca la verdad tal cual.

Pero además, el artista realista, como rechaza también lo histórico, se centra totalmente en su propia e inmediata realidad, la que le ha tocado vivir, la de su época. Con el Realismo entran en el escenario del cuadro temas que nunca habían sido tenidos en cuenta ni por neoclásicos, ni por románticos. De esa manera olvidan lo teatral, a los héroes, los milagros, a la gente de prestigio, a las representaciones de hechos históricos, etc. y darán paso, por primera vez en la historia del arte, a las gentes corrientes: los trabajadores del campo y la fábrica, personajes de la calle, del pueblo, lavanderas, mineros, campesinos, aguadoras, prostitutas, picapedreros, etc.

Hay en este hecho una voluntad de denuncia de la triste realidad social de la época y un rechazo de la sociedad burguesa que vive de espaldas a esa brutal realidad que ella misma ha generado. Para lograr mejor sus objetivos los artistas del Realismo buscarán una pintura donde destacarán los detalles concretos para lograr la mayor fidelidad a la verdad real; no disimularán nada de lo que ofrezca esa realidad. Es la manera y la voluntad de los artistas realistas de reflejar a toda su época. Esta tendencia impregnó tambien al Academicismo que llegó, en ocasiones, a adoptar un tono cotidiano y realista al tratar temas de historia.

Dentro de la pintura realista hubo diversas tendencias y posturas que van desde las más directamente combativas, como la cruda y objetiva de Courbet o la irónica y expresiva de Daumier, hasta la más moderada e idealista de Millet.

Como Gustave Courbet (1819-1877) quiere que veamos la realidad tal cual, nos la ofrece como un científico o un observador neutral. Simplemente nos informa de ella, dándonos todo tipo de detalles. Su ojo quiere ser como el objetivo de la cámara fotográfica recientemente inventada. Pero Courbet no es una máquina sino una persona que pinta.

Courbet se libera de toda idea clásica o romántica y se compromete con el presente que le ha tocado vivir. Lo sublime o lo pintoresco, lo heroico, los temas nobles, etc. no existen para él. Solo le interesa la realidad, cualquier tipo de realidad. Y la plasma sin emociones y sin adornos, en toda su verdad.

Por ello para Courbet ningún tema es mejor que otro y de esa manera la pintura empezaría a dejar de ser una esclava del tema. Ello conduce a dar mucha más importancia a la técnica y a los problemas de la propia pintura que luego los impresionistas llevarán mucho más lejos.

Si en “Los picapedreros” (1849, destruido) o en “Mujeres cribando grano” (1855, Nantes, Museo de Bellas Artes) Courbet nos da una muestra de como la pintura realista introducía nuevos temas referentes sobre todo al mundo del trabajo, en “Muchachas a orillas del Sena” (1857, París, Museo del Petit Palais) puede verse mucho más a fondo esa búsqueda de la verdad de la realidad. No hay posturas preparadas, todo es casual. Es un trozo cualquiera de la realidad donde ninguna figura es predominante ni ninguna subordinada. Aquí Courbet da un paso más y lleva la pintura a ser la única protagonista del cuadro: ya ni el tema importa casi. Con ello estaba preparando el camino a los impresionistas. Si el tema ya no importaba o si cualquier tema tenía la misma importancia, automáticamente adquiría por lo tanto la pintura misma y sus problemas la máxima importancia. Se pasaba así a dejar la pintura libre de cualquier condicionamiento por normas, sentimientos, temas adecuados, etc., se dejaba a la pintura libre de buscar ilusiones, fantasías, poesía o belleza alguna, idealizaciones, etc. En su cuadro de las Muchachas nos lleva ya a captar el ambiente denso y pesado de un mediodía veraniego y caluroso. Todo tiene la misma importancia, la hierba que el cielo, el agua que los árboles, una muchacha que otra. No hay referencia a nada simbólico, a nada ideal, tan solo la pura sensación de la realidad.

Si Goya hubiera seguido viviendo en la época de mediados del siglo XIX creemos que hubiera pintado algunas de las cosas que dibujó, ilustró y pintó y, en definitiva, criticó, Honoré Daumier (1808-1879). Enemigo de todo lo burgués, Daumier también hizo esculturas y como Goya, de nuevo, también fue precursor del Expresionismo. La imprenta tanto como el lienzo o la escultura fueron para él un medio de denuncia y de expresión libre —tantas veces recortada por entonces y después. El periódico y la revista —como fueron “Charivari” y “Caricature”— fueron para Daumier medio de expresión habitual de sus ideas progresistas y antiburguesas plasmadas a través de la imagen, la caricatura, el dibujo de viñeta. Por primera vez un artista utilizaba la prensa periódica de gran tirada — o mucha audiencia, como ahora diríamos—, como medio para difundir su arte e influir en la sociedad. Daumier es un realista comprometido moral y socialmente que crea imágenes artísticas no para contemplar placenteramente, sino para transmitir un mensaje concreto sobre el momento, consiguiendo además obras de una belleza insólita. Daumier, como buen artista realista, quiere ser de su época. Sus obras son de firmes trazos, expresivas y personales, caricaturescas. Es sobrio y limita mucho sus medios, sacando del trazo movido, preciso y sensible, y de la monocromía, toda su cruda fuerza expresiva. Es más expresivo que detallista. Destacan en Daumier la sabiduría con la que agrupa las figuras, la claridad expresiva con que crea los gestos, el valor que da al conjunto de la composición y los elementos que la forman. Véanse si no obras suyas como “¡Queremos a Barrabás” (1850, Folkwang Museum, Essen), o “La lavandera” (1863).

Jean-François Millet (1814-1875) cultiva un realismo que puede calificarse de clásico y que se halla en el polo opuesto de Courbet y de Daumier. Vinculado con el socialismo, su compromiso es con el mundo campesino, al que refleja en sus telas creando escenas llenas de sentimiento moral y religioso, que plasmará con una gran calidad formal basada en el dibujo al que aplica un colorido muy personal. No denuncia descarnada o irónicamente, sino que muestra una visión de las gentes del campo utópica e idealizada. “El Angelus” (1858), o “Las espigadoras” (1857) constituyen una muestra de la visión que Millet tiene del trabajo en el campo. En dicha visión —y también huida—, teñida de espiritualidad, religiosidad y recogimiento, reivindica, sin ninguna crudeza, dicho mundo idealizado frente a la deshumanización de la sociedad creada por la cultura industrial.

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