Roma, siglo IV

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“…de lo que pudo ser la Roma monumental en los últimos años de su vida antigua…Los datos nos los ofrecen los escritores de mediados del siglo IV de la Era llegados a nosotros y llamados Regionarii. Estos documentos reflejan perfectamente por su forma el carácter de inventario y liquidación de un grandioso pasado que se siente ya cercano a la muerte. En ellos se da una lista de las regiones de Roma capital, de sus monumentos, inmuebles públicos y privados, vías, edificios oficiales, etc. Se registran estas cantidades: 28 bibliotecas públicas, 11 foros, 10 grandes basílicas paganas, 11 grandiosas termas públicas, cerca de un millar de casas de baño menores, pero igualmente públicas, 2 anfiteatros, 3 teatros, 2 circos, 36 arcos triunfales, 19 acueductos, 5 naumaquias [espectáculo o lugar, edificio, donde se representaban juegos navales], 15 fuentes monumentales, 1.352 fuentes menores, 22 estatuas ecuestres, unas 155 deidades paganas, de ellas 74 en marfil y 80 en bronce dorado, a más de 3.785 estatuas de todo género representando emperadores y otros personajes notables… ¡Un pueblo entero de mármoles y bronces plantado, a pie o a caballo en las plazas y calles de Roma!

La estadística es impresionante. En estos Regionarios no se cuentan aún los monumentos cristianos, que eran ya numerosos. Respecto a las viviendas  se dan estas cifras: unas 1.800 residencias privadas (domus) y cerca de 50.000 inmuebles de alquiler con varios pisos (insulae).

A fines del siglo III, cuando Aurelianus mandó construir el gran recinto murado que lleva su nombre y aún subsiste en casi toda su longitud, la superficie de Roma encerrada dentro de este inmenso anillo de 19 kilómetros era de 1.386 ha., que, como en ciertos lugares fue aún sobrepasado por el caserío suburbano, se puede subir sin reparo a las 2000 ha. A título de comparación conviene recordar que la Roma de los Muros Servianos, la del siglo IV a. de J. C. ocupaba una extensión de sólo 426 ha.

Y ahora vayamos a la anécdota. Por los mismos años en que se escribían los Regionarii antes aludidos hizo una visita a Roma el Emperador Constantius II, educado en Oriente y por ello desconocedor aún de la vieja capital del Imperio. La impresión que su visita le causó fue recogida puntualmente por un historiador coetáneo, Ammianus Marcellinus, del siguiente modo:

Llegado al Foro contempló desde lo alto de los Rostra aquel maravilloso centro de la antigua potencia romana. Quedó estupefacto. Sus ojos, a cualquier parte que miraban, deslumbrábanse con el enorme resplandor de la continuidad de prodigios… Después recorrió los barrios urbanos y suburbanos construidos ya en terrenos llanos ya en lo alto o en las laderas de las siete colinas, creyendo siempre no poder contemplar nada mejor de lo que acababa de admirar. Allá se alzaba el templo de Jupiter Tarpeius, que le pareció superior al resto … Más allá las Thermas… Lejos la soberbia masa del Amphitheatrum construido con piedra de Tibur… Luego la audaz bóveda del Pantheon y su vasta circunferencia… Pero cuando llego al Forum Traiani, construcción única en el Universo y digna, según nosotros, de la admiración por parte de los mismos dioses, se detuvo atónico tratando de medir con el pensamiento aquellas grandiosas proporciones…

Roma, en efecto, era eso sin duda. Pero no dejó por ello de seguir siendo lo otro; una ciudad anárquica, incómoda, sucia. Roma no conoció la hermosura y la claridad de la ciudad trazada con planta orthogónica, concebida con mente reguladora, como lo fueron las ciudades helenísticas.”

(Antonio García Bellido: “Urbanística de las grandes ciudades del mundo antiguo”. 1985)

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