Sabías que… Roque Joaquín de Alcubierre, el descubridor de Pompeya

roquealcubierre

Aunque todos conocemos la desgraciada historia de las ciudades de Pompeya y Herculano, sepultadas por las cenizas del Vesubio en agosto del año 70 d. C., y sabemos del enorme valor histórico y artístico que poseen sus restos, es menos sabido que el descubridor de las ruinas de ambas ciudades fue un ingeniero militar zaragozano: Roque Joaquín de Alcubierre.

En parte, este olvido se debe a que ya en vida encontró críticos a su trabajo, destacando entre todos ellos nada menos que a Johann Joachim Winckelmann, quien en varios escritos y cartas desprestigió el trabajo del aragonés tanto por sus métodos como por su falta de conocimientos históricos. Sin embargo, y para ser justos hay que reconocer que si no hubiera sido por la intuición y la perseverancia de Roque Joaquín de Alcubierre, el hallazgo de Pompeya y Herculano tal vez aún no se hubiera producido.

La destrucción de Pompeya, Herculano y otras poblaciones próximas en el año 79, el acontecimiento quedó como un suceso de amargo recuerdo que fue diluyéndose con el tiempo hasta el punto de perderse su ubicación y, prácticamente, su memoria. De hecho, en 1550, el arquitecto Domenico Fontana, realizando una serie de trabajos de encauzamiento del río Sarno, se topó con los restos de Pompeya que fueron nuevamente sepultados y de nuevo entregados al olvido al no haberse considerado de interés.

Roque Joaquín de Alcubierre nació en Zaragoza en el verano de 1702. Tras cursar sus primeros estudios en la capital aragonesa, ingresó como voluntario en el cuerpo de ingenieros militares, por entonces de reciente creación. La protección de los condes de Bureta permitieron a Alcubierre obtener diferentes destinos en Gerona (se sabe que trabajó en las obras del baluarte de Santa María), Barcelona y Madrid.

Muy poco después de que Carlos de Borbón (futuro Carlos III de España) recuperara Nápoles del dominio austriaco, Roque Joaquín de Alcubierre embarcó para la ciudad italiana y comenzó a trabajar en las obras relacionadas con el palacio real de Portici. Durante estas labores conoció a un médico de la zona llamado Giovanni de Angelis, quien le habló de las piezas antiguas que solían aparecer con frecuencia en el entorno, en especial en el denominado pozo Nocerino.

Animado por estas noticas, Roque Joaquín de Alcubierre elevó una solicitud de autorización para comenzar labores de búsqueda de tesoros antiguos. Su intención era, simplemente, la de recuperar objetos romanos para la colección de la casa real, sin sospechar en ningún momento, que estaba a punto de hacer uno de los hallazgos más importantes de la historia de la arqueología. El propio rey Carlos VII concedió el correspondiente permiso el 13 de octubre de 1738.

Los primeros trabajos fueron penosos tanto por la escasez de ayudantes con los que contó Alcubierre, nunca más de tres, como por el método empleado por Alcubierre que, seguramente influido por su condición de ingeniero militar, consistió en excavar pozos y túneles subterráneos, y no en trabajos a cielo abierto.

Muy pronto Roque Joaquín de Alcubierre encontró piezas de gran interés y en abundancia, e incluso se topó con un muro que, analizado por Alcubierre, le llevó por primera vez a la conclusión de que podía haber encontrado el templo de Pompeya. Sin embargo, no era así. Una inscripción próxima le indicó que lo que verdaderamente había encontrado era el teatro de la ciudad de Herculano (en la lápida figuraba el nombre del arquitecto del teatro: Publio Numisio).

Los sucesivos hallazgos de incalculable valor (esculturas, joyas, pinturas…) animaron al rey Carlos VII de Nápoles a apoyar con más trabajadores a Roque Joaquín de Alcubierre y las piezas de arte y construcciones localizadas (como la basílica de Herculano) se multiplicaron. Por desgracia, Alcubierre insistió en seguir utilizando el método de trabajo subterráneo lo que dificultó su tarea y le provocó serios problemas de salud (tuvo que abandonar las tareas de excavación entre 1741 y 1745). Hasta tal punto resultaban duras las condiciones de trabajo que hubieron de emplearse en aquellas tareas como mano de obra a presos y esclavos.

La reincorporación de Roque Joaquín de Alcubierre a las excavaciones, ascendido ya a teniente coronel, coincidieron con una nueva fase de grandes descubrimientos. Sus sustitutos habían logrado pocos hallazgos en comparación con el aragonés lo que aumentó el prestigio de Alcubierre. Esto facilitó que, ya en 1748, obtuviera permiso real para excavar en otra zona relativamente próxima, famosa también por encontrarse en ella frecuentes restos arqueológicos. Como ya le había ocurrido en sus primeros trabajos en Herculano, muy pronto comenzó a encontrar importantes piezas antiguas y Alcubierre creyó haber dado con la ciudad de Estabia. Sin embargo, de nuevo estaba equivocado. Una lápida hallada tiempo después decía: Res Publica Pompeianorum. Lo que Roque Joaquín de Alcubierre había localizado era la ciudad de Pompeya.

Los años siguientes resultaron frenéticos: Roque Joaquín de Alcubierre localizó y excavó sucesivamente los restos de Herculano, Pompeya, Estabia, Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato y Bosco de Tre Case. Con ellos se llevaba a cabo un descubrimiento único en la historia de la arqueología que con el paso del tiempo daría una información extraordinaria no sólo sobre el arte romano sino, sobre todo, sobre la vida cotidiana de sus ciudades.

Consciente de la importancia de los hallazagos, el rey Carlos VII ordenó que todos los restos que se localizaran en la zona se quedaran en Nápoles y fueran estudiados por especialistas, como Camillo Paderni, en instituciones expresamente creadas para la ocasión como el Museo Ercolanense de Portici o la Reggale Accademia Ercolanense.

La importancia de los hallazgos atrajo también a especialistas y curiosos de toda Europa convirtiéndose, por ejemplo, en destino imprescindible para los jóvenes que realizaban su Grand Tour por Italia. Entre ellos estaban autores como Charless de Brosses, Horace Walpole y, sobre todo, Joachim Winckelmann, quienes criticaron muy duramente las labores de Roque Joaquín de Alcubierre y le humillaron de manera reiterada en sus escritos. Estos juicios negativos se sumaron a las desavenencias de Alcubierre con alguno de sus ayudantes y terminaron por provocar la destitución del aragonés como director de los trabajos después de cuarenta años de esfuerzos.

En la actitud encabezada por Winckelmann contra Alcubierre había argumentos de peso como la errónea insistencia de éste en los métodos de excavación subterráneos o sus pocos conocimientos académicos sobre arqueología. Sin embargo, también es cierto que entre los críticos resulta evidente un resentimiento contra Alcubierre por no ceder protagonismo en los descubrimientos y por ser muy celoso de los observadores externos.

Es evidente que Alcubierre no ejerció la arqueología en el sentido que hoy la entendemos de estudio y recuperación minuciosa del pasado histórico. Su objetivo prioritario era localizar piezas de valor histórico y artístico para adornar las colecciones del rey (para eso le apoyaba Carlos VII) pero hay que tener en cuenta que este planteamiento ha estado en el origen de la ciencia arqueológica no sólo en Pompeya y Herculano, sino también en Grecia o en Egipto. La diferencia fundamental es que mientras los hallazgos de Roque Joaquín de Alcubierre han permanecido en su lugar de origen, los llevados a cabo por los arqueólogos franceses, ingleses o alemanes fueron expoliados para llevarlos a museos de su propio país como el Louvre de París, el British Museum de Londres o el Museo de Pérgamo de Berlín.

Roque Joaquín de Alcubierre murió en Nápoles el 14 de marzo de 1780, gozando del grado de mariscal de campo del cuerpo de ingenieros militares.

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