El Renacimiento y la conservación artística

El Renacimiento es un periodo con dos caras bien diferentes. Por una parte, su adoración cultural y artística por la antigüedad clásica hizo posible una sensibilización hacia el valor de los restos antiguos y un deseo coleccionista de muchos de ellos, lo que repercutió en un interés arqueológico que rescató y restauró muchas obras antiguas. Pero por otro lado, el Renacimiento también supuso la destrucción o la manipulación de obras de arte por diversos motivos: falta de criterios técnicos, intervenciones militares, abusos de propiedad y finalmente razones religiosas, que sobre todo al producirse el enfrentamiento entre católicos y protestantes llegó al cénit de las intervenciones por razones de puritanismo, cuando no la destrucción de obras que no se consideraban ajustadas a los nuevos credos.

Fruto del interés arqueológico se descubren y rescatan para la posteridad en esta época obras como el grupo del Laocoonte en 1506, años más tarde el Hércules farnesio, o Apolo de Belvedere, el Torso de Belvedere o la Venus Calipigia y en 1568 una parte del Ara Pacis. Claro que el entusiasmo que suscitaban estos descubrimientos y la ambición coleccionista que provocaban entre los poderosos también supuso no pocos excesos, como cuando Miguel Ángel y Pedro Francisco de Médicis, se confabularon para realizar un Cupido durmiendo, que el escultor manipuló debidamente para que pareciera antiguo y ambos enterraron, para venderlo posteriormente como descubrimiento arqueológico. El mismo entusiasmo por la Antigüedad animó al Papa Sixto V a intervenir en una reutilización curiosa, al trasladar el obelisco del Circo de Nerón frente a la nueva Basílica de San Pedro, con lo que la pieza era doblemente reutilizada, pasando de ser originalmente un elemento consustancial a la arquitectura del templo egipcio, de ahí a ser epicentro de la spina de un circo romano, y ahora referencia de la cristiandad. No obstante el afán coleccionista derivó muchas veces en un mercado clandestino de piezas, que supuso la pérdida de muchas.

Hubo también cierto celo restaurador con algunas de estas obras antiguas, lo mismo que con obras de contemporáneos. Así el caso del Laocoonte, que hallado sin un brazo, se procedió a una doble actuación sobre él: se hizo una copia en bronce, obra de Sansovino y otra en mármol por Bandinelli, y además se intervino en el original, añadiéndose un brazo nuevo en terracota, obra de Montorsoli, brazo que tiempo después se volvería a quitar. También se trataron con mimo obras de los grandes maestros de la época, recompensándose generosamente a quienes intervenían en la restauración o en la conservación y transporte de alguna de estas grandes obras. El mismo Felipe II cuidó con especial esmero el traslado así como la conservación de las pinturas del El Escorial.

Pero el Renacimiento como dijimos también tuvo su cara negativa. Algunas veces con actuaciones protagonizadas por los propios artistas, como cuando Miguel Ángel borró los frecos de Perugino para pintar encima su Juicio Final de la Capilla Sixtina, o como cuando Rafael tiene que obedecer el mandato del Papa Julio II de lavar y borrar los frescos también de Perugino, de las Estancias del Vaticano. En otras ocasiones fueron los propios mecenas los que se creyeron con derecho a rectificar las obras por el simple hecho de ser de su propiedad: así, Felipe II manda cortar la tabla de Tiziano Noli me tangere. Otras actuaciones se realizaron sobre los restos arqueológicos de Roma con fines políticos o egoístas, que parecen contradictorios con ese mimo por la Antigüedad antes mencionado, pero se dieron, como cuando los Papas permiten la utilización de materiales para la construcción de San Pedro del Vaticano procedentes del Foro o del Coliseo.

Con todo, el mayor daño al patrimonio de la época lo produjeron los conflictos político-religiosos. Primero el famoso saco de Roma, en el que los excesos de las tropas imperiales destruyeron buena parte de la Roma antigua y renaciente, y posteriormente las rígidas imposiciones en materia religiosa surgidas del Concilio de Trento que afectaron a muchas obras de arte: algunas se destruyeron por susceptibles de herejía, otras se manipularon brutalmente, y algunas fueron intervenidas con tal puritanismo que provocan todavía la sonrisa, como cuando el Papa Pablo IV manda al pintor Daniel Volterra que cubra la desnudez de las figuras del Juico Final de Miguel Ángel, lo que le valió entre otras cosas, el apodo de “braguetone”.

 

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