La restauración de la Catedral de León

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La Catedral de León es uno de los paradigmas del modelo de restauración española en el S. XIX, y de las consecuencias, muchas veces lamentables, que este tipo de restauración tendría sobre esos edificios.

Una nueva sensibilidad, nacida al socaire del Romanticismo, de proteger y recuperar para el país sus edificios emblemáticos y de mayor valor artístico, unida a la necesidad perentoria que afectaba a muchos de esos monumentos de actuar sobre ellos para evitar su ruina, explica este nuevo concepto de restauración artística, que también tenía mucho que ver con el ejemplo que desde Francia llegaba a nuestro país impulsado por las teorías de Viollet-le-Duc.

La restauración que se inicia por tanto en España a mediados del S. XIX se basaba en un concepto de “libre restauración”, según el cual, el arquitecto gozaba de total libertad para acometer las obras que le pareciera oportuno con tal de recuperar los valores históricos del edificio, más que los puramente artísticos, de tal forma que no era desdeñable que el arquitecto, amparado en esa libertad, aportara sus propias soluciones y criterios, que no tenían por qué coincidir con los elementos originales del edificio en cuestión. No es de extrañar que en base a esta postura, lo mismo que Viollet-le-Duc había reinventado algunas edificaciones medievales en Francia, aquí ocurriera otro tanto en restauraciones realizadas sobre construcciones de estilo Románico y Gótico principalmente.

Estas actuaciones estaban incluso amparadas por las Reales Ordenanzas de 1850 que señalaban textualmente que “debe respetarse el pensamiento primitivo, acomodando las renovaciones al carácter de la fábrica, y procurando que las partes antiguas y las modernas se asemejen y parezcan de una misma época”. Es decir que se daba rienda suelta a la posibilidad de restaurar prescindiendo de todos aquellos añadidos posteriores que el arquitecto considerara que desvirtuaban el estilo primitivo y original del monumento, permitiendo además en base a su libertad restauradora, añadir aquellos elementos que le sugiriera su libre albedrío con los que resaltar el purismo de su estilo.

Buena prueba de los excesos que este modelo restaurador produjo los tenemos en distintas obras restauradas en el tránsito del S. XIX al XX, al menos hasta que la Ley de Patrimonio Artístico Nacional de 1933 sustituyera este antiguo criterio por otro de carácter científico, que prohibía taxativamente “todo intento de reconstitución” al restaurar un edificio. Si bien para entonces casos emblemáticos como las restauraciones de la Iglesia de San Martín de Frómista en Palencia o la Catedral de León, ya no tenían remedio.

Concretamente la Catedral de León es cierto que había sufrido percances por culpa de su cimentación y de la mala calidad de su piedra prácticamente desde su construcción, y que en los S. XVII y XVIII ya se habían derrumbado parte de sus bóvedas, corriendo grave peligro soportes y cubiertas de diferentes zonas de la  Catedral. Cuando llega el S. XIX el monumento amenazaba ruina, de ahí que saltaran las alarmas y se asumiera la necesidad imperiosa de actuar sobre el mismo. Considerando la importancia de la construcción y su estado, no ha de extrañar que la Catedral de León fuera el primer edificio declarado Monumento Nacional en España, en el año 1844 y su restauración, iniciada en 1859, una de las primeras que se acomete en nuestro país, y por supuesto bajo los criterios ya comentados de libre restauración impulsados por Viollet-le-Duc.

Fueron varios los arquitectos que desde la fecha citada de 1859 hasta 1901, que volvió a abrirse el templo al culto, participaron en el proceso: empezó las obras Matías Laviña, que ya plantea la reconstitución del edificio como un templo del más puro gótico del S.XIII, desestimando todo aquello que alterara esa pureza, por ejemplo la cúpula barroca y parte del brazo sur del crucero que se desmontan entonces. En la misma línea siguieron Hernández Callejo, y sobre todo su sucesor en el cargo, Juan Madrazo, que llegaría a ufanarse de haber devuelto el edificio a “su estado original”, del que ya no quedaba “ni un decímetro superficial sobre el cual no haya pasado el cincel”. Demetrio de los Ríos terminó la labor, desmontando definitivamente las aportaciones hechas por Juan López de Rojas y Juan de Badajoz en el S XVI, para conseguir la “Pulcra Leonina”, es decir la Catedral en su estado primigenio de gótico puro. Aunque en realidad nada quedaba ya de aquella primitiva construcción porque todo era nuevo en la Catedral de León: bóvedas, pilares, arbotantes, pináculos, hasta la misma fachada, introduciéndose además nuevos diseños, perfiles y motivos ornamentales que los propios arquitectos fueron elaborando por su cuenta y riesgo. Es más, se decidió también aislar la Catedral de su entorno urbano más próximo para resaltar su monumentalidad, lo que acarreó la desaparición de varias dependencias anexas, y su conexión con el Palacio Episcopal a través de la Puerta del Obispo. Menos mal que las vidrieras originales llevaban muchos años ya almacenadas y a resguardo de las vicisitudes que sufría la catedral, a la espera de su restauración y montaje que se realizaría a partir de 1895.

En definitiva, la Catedral de León evidentemente es una edificación del estilo gótico datada en el S. XIII, pero después de su larga y peculiar restauración, su fisonomía y apariencia actual más bien parecen de una construcción del S. XIX y de estilo Neogótico.

 

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