Sabiás que…Las caras gigantes del Monte Rushmore

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Entre las esculturas más espectaculares que existen, tanto por sus dimensiones como por el trabajo que supuso labrarlas, se encuentran las que Gutzon Borglum excavó en el Monte Rushmore, Dakota del Sur, en los Estados Unidos.

Son particularmente famosas y reproducen los rostros de cuatro de los presidentes más significados en el devenir de la historia de ese país: George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt.

El resultado es imponente, pero el proceso no fue fácil. Nacida la idea del historiador Doane Robinson en 1923, sería el escultor Gutzon Borglum el que le daría forma sobre la ladera de granito del monte Rushmore.

Hechos los modelos en yeso previamente, Gutzon y su hijo se prepararon para esculpirlos en la roca. Para ello se requirió una máquina que marcara con exactitud los puntos de perforación, si bien previamente hubo que desbastar toneladas de roca sobrante, que aún se hallan a pie del monte.

Los problemas no fueron pocos, no sólo por las dificultades de financiación que suponían unas obras de tales dimensiones (alrededor de un millón de dólares), o por factores climáticos, sino sobre todo por las complicaciones técnicas inherentes a la obra.

Se decidió ir labrando cabeza por cabeza, empezando por la de Washington, lo que hubo de hacerse con un mecanismo que permitiera trasponer en la roca las mediciones establecidas previamente en los modelos en yeso, la llamada por sus autores “máquina indicadora”, que requería además una serie de trabajadores encargados de hacer la medición colgados de la ladera, los “indicadores” .

Después de elegir los puntos, la roca se perforaba hasta la profundidad marcada por el “indicador”, que colocaba la dinamita en los agujeros y hacía volar fragmentos pequeños de roca. Pequeños (de apenas 15-20 cm.) porque la perforación debía ser muy precisa, ya que un corte demasiado profundo podría estropear la labra. Cada perforador trabajaba atado a un asiento de cuero que colgaba de un cable y con un taladro de 39 Kg. de peso pendiente del mismo cable. Como además el “indicador” y el perforador no podían verse se colocaba a un muchacho sujeto con un dispositivo de seguridad en el borde del peñasco para que transmitiera mensajes entre ellos.

Estar colgados a cierta altura de la cima dificultaba también el trabajo de taladrar, porque era difícil ejercer sobre la roca suficiente presión, de ahí que los perforadores se pasaran una cadena por detrás de sus asientos, que fijaban con clavos de acero a la roca.

Desbrozada la roca principal y cuando las caras ya tenían una fisonomía básica se procedía a quitar la capa final con cuñas y martillos de acero, y después a pulirlas con taladros especiales.

Hubo más contratiempos, terminada la cabeza de Washington se comenzó enseguida la de Jefferson, a la derecha de la anterior, pero al poco tiempo apareció un estrato de roca de mala calidad que obligó a destruir la cabeza comenzada y reubicarla a la derecha de la de Washington. Aunque el proceso no iba a ser tan fácil, porque como la roca del otro lado tenía grandes fisuras, hubo que desbastar 18 m para alcanzar la capa adecuada. Eso no fue todo, pues una fractura en el lugar donde iba a ir la nariz obligó a Borglum a alterar el ángulo de la cabeza.

A pesar de todo el monumento consiguió terminarse en 1941, después de 14 años de trabajo en el que participaron un total de 360 empleados, sobre todo canteros y mineros de la región. Y fue desde luego un resultado espectacular, sobre todo por sus dimensiones faraónicas, si consideramos que cada cabeza mide 18 metros de altura, con seis metros de nariz de promedio y más de cinco metros de anchura en las bocas. Si las esculturas fueran de cuerpo entero sus dimensiones superarían los 140 metros.

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