Sabías que…Los grandes templos helenísticos

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Uno de los mejores ejemplos de las características que comporta la arquitectura del periodo helenístico puede hallarse en los templos que se construyen entonces. Si entendemos que el Helenismo supone un curioso híbrido entre la tradición clásica que se difunde desde Grecia hacia el Oriente, combinado con la monumentalidad y el aparato ornamental del lujo asiático, comprobaremos que los templos de esa época, al menos lo más conocidos e importantes, responden con exactitud a ese doble criterio.

Entre los más relevantes de este periodo destacan el Templo de Artemisa en Éfeso reconstruido en el S. IV a.c. aunque sobre los cimientos incendiados del gran Artemision del S. VI; el Templo de Apolo en Dídima, el Templo de Atenea Polias en Priene, y el de Artemisa en Sardes.

De todos ellos sin duda el más famoso y conocido es el Templo de Artemisa en Éfeso, entre otras cosas por haber sido distinguido como una de las siete maravillas del mundo antiguo. El Artemision se levanta en realidad en el s. VI a.c. subvencionado por el rey Creso de Lidia y según planos de Quersifrón de Creta, aunque el edificio lo acabaría su hijo, Metágenes, ayudado probablemente por Teodoro, uno de los constructores del Hereo de Samos. Ya entonces se trataba de un templo descomunal, atípico en su época, octástilo, díptero, de orden jónico, si bien en tan tempranas fechas algunos cánones de la ortodoxia clásica no se respetan, como el tratamiento de los fustes que presentan estrías como en el dórico y no acanaladuras; tampoco las volutas del capitel resultan muy regulares. Pero se cuenta que la misma noche que nació Alejandro (21 de julio de 356 a.c.) el Artemision se incendió, quedando reducido a cenizas. El mismo Alejandro cuando visitó las ruinas ofreció sufragar su restauración, aunque le contestaron que no era conveniente que un dios le construyera un templo a otro. No obstante a su muerte, dentro por tanto del periodo helenístico, sí se acomete su reconstrucción, en esta ocasión bajo la dirección de Peonio de Éfeso (el mismo que diseña también el templo de Apolo en Dídima) y Demetrios “esclavo de Artemisa”, a los que pudo añadirse también Dinócrates, el arquitecto de Alejandro. Tuvieron la delicadeza y el buen sentido de rehacerlo sobre la base del anterior y con una estructura idéntica, aunque con un basamento más alto (de 12 gradas) y más esplendor ornamental. Se respetaron por tanto las gigantescas medidas (115 x 55 m), las tres salas consabidas (pronaos, naos y opistódomos), y el total de 127 columnas de 18 metros de altura cada una. El templo sería arrasado por los godos en el 262, en tiempos del emperador Galieno.

El templo de Apolo en Dídima era otro de los grandes santuarios helenísticos, que además en este caso añadía su condición de oráculo. Era de gran complejidad estructural y dada su importancia cuenta con un comentario monográfico en nuestra sección de Miradas CREHA.

El Templo de Atenea Polias en Priene, era hexástilo, períptero, de orden jónico. Se comienza en el 340 a.c. sobre los planos del arquitecto y escultor Piteo, que también había trabajado en el Mausoleo de Halicarnaso. Una peculiaridad de este hermoso templo agraciado por su armonía y equilibrio constructivo (con una proporción de 2×1 entre la longitud y la anchura) es que las columnas descansaban sobre plintos cúbicos, algo extraño al arte griego, y que el entablamento carecía de friso y presentaba dentellones en la cornisa.

En cuanto al Artemision de Sardes era otra enorme mole, reconstruido sobre la base de otro templo anterior arcaico. El nuevo, también del S. IV a.c, presentaba una estructura octástila, pseudoperíptera, considerándose el ejemplar más antiguo con esa disposición. Rondaría los 90 m. de longitud y los 45 m de ancho.

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