San Mateo de Miguel Ángel

“Para Miguel Ángel la batalla ha terminado. Los enemigos se han reconciliado. Julio II le encarga inmediatamente su propia estatua, en bronce, de tamaño colosal claro está, y destinada a coronar la puerta de la iglesia de San Petronio, encuadrada por los bajorrelieves de Jacobo della Quercia que tanta influencia ejercieron sobre el arte de Miguel Ángel. […]

Abandona los encargos que le habían hecho, entre ellos el “San Mateo” (h. 1505), conservado en la Academia de Florencia, cuya característica más llamativa es la revelar cuán vivos están en el artista el recuerdo y la influencia de las obras de Jacobo della Quercia asociados a la nostalgia de la Antigüedad. No se apoya en ningún sistema de iconografía cristiana y nada diferencia al santo de un gigante o de un centauro cuyas musculaturas hinchadas se confundían en los bajorrelieves romanos con las de sus adversarios en combates más plásticos que patéticos. Recuerda por su estilo, por la rugosidad de la materia no pulida, o parcialmente pulida, al “Esclavo joven”, y sobre todo al “Esclavo barbudo” previstos para la tumba de Julio II. Apenas liberado del bloque sólido, el rostro se presenta de perfil y no es posible evitar al contemplarlo la evocación de las caras de los faunos antiguos. El cuerpo es el de un luchador vencido por el esfuerzo. La vista lateral de la estatua da la impresión de hallarse ante un admirable monolito, ante una de esas piedras talladas en homenaje a algún dios primitivo y bárbaro. Miguel Ángel, por la fuerza contenida con que ha tejido cada uno de los músculos de San Mateo, somete aquí la forma a la inmovilidad inicial del mármol sin que por ello disminuya su potencia. Contenida enteramente dentro de su marco, la estatua responde admirablemente a la idea que Miguel Ángel tenía de la escultura. Por eso decía “que una estatua al rodar desde lo alto de una montaña debe poder llegar al final de su caída sin que se haya roto nada esencial”. La forma se produce desde el interior para llegar a la superficie y lo que tiene de admirable en el caso presente es precisamente el cúmulo de posibilidades que ha guardado en reserva.”

(Renée Arbour: “Miguel Ángel”. 1966

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