Santuario de Delfos

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Santuario de Delfos

 

Desde tiempo inmemorial se sabe de la existencia de un lugar sagrado en el entorno de la antigua ciudad de Delfos, al pie del monte Parnaso, pues a la espectacularidad de un lugar donde el paisaje se hace magia, debe añadirse la existencia de una serie de fuentes termales que le dieron al lugar un empaque sagrado.

Con el tiempo el lugar se convertiría en un gran recinto religioso dedicado a Apolo. Y no sólo eso, también en el lugar desde el que se predecía el devenir de los acontecimientos a través del oráculo que le dio fama. De esta forma, el oráculo de Delfos se convertiría en el centro religioso más importante de la Antigua Grecia.

Desde luego no era un lugar cualquiera, porque a través de sus cuevas y fuentes, Gea emitía vapores que embriagaban a los hombres, dándoles facultades proféticas. Las cuevas estaban guardadas por la serpiente Pitón, hija precisamente de Gea, a la que Apolo mataría. De esta forma el dios se beneficiaría de la capacidad profética y la transmitiría a las sacerdotisas o pitonisas que se convertirían en las profetas del lugar. Se sabe de ellas que habían de ser mujeres de vida virtuosa, y que debían de vivir en el santuario. A ellas acudían gentes de todas las polis y de todos los estratos sociales, que sólo podían consultar con las Pitias el día 7 de cada mes, que coincidía según la tradición con la del nacimiento de Apolo. Con anterioridad había de ofrecerse un sacrificio en el altar que había delante del templo y pagar las tasas correspondientes.

El culto a Apolo en este lugar también dio origen a la celebración de los Juegos Píticos, que se organizaban cada cuatro años y se dedicaban a Apolo. Sabemos que constaban de pruebas deportivas y artísticas que se repartían entre el estadio, el hipódromo, la palestra y el teatro.

De la importancia religiosa del lugar se deriva su importancia artística y arqueológica, siendo el santuario uno de los lugares de referencia del arte griego. El recinto, dedicado a Apolo Pitio, se levanta hacia el S. IX a.c., aunque sobre un antiguo solar micénico, que desde el S. XV a.c. ya funcionaba probablemente como centro religioso.

Conocemos bastante bien su estructura original, gracias una vez más a los textos de Pausanias. Todo el santuario estaba rodeado de un muro abierto por nueve puertas, aunque era por la entrada más oriental, al sur del recinto, por donde se accedía a la entrada principal del mismo, que abría a la famosa Vía Sacra. En este primer sector se construyeron la serie de Tesoros o pequeños templetes donde se guardaban los exvotos y donaciones aportados por las distintas Polis al santuario y en especial al culto de Apolo. Entre ellos habría que destacar por su belleza el Tesoro de los Sifnios, cuyo alzado se encuentra actualmente en el propio Museo de Delfos, así como el Tesoro de los Atenienses. El primero es de finales del S. VI a.c. y  destaca principalmente por la belleza de sus dos magníficas cariátides y sus espléndidas esculturas y relieves de época arcaica. El Tesoro de los atenienses se construye a principios del S. V a.c., para conmemorar la victoria en la Batalla de Maratón. Se trata de un pequeño edificio dístilo y anfipróstilo de orden dórico, que se conserva en buen estado.

Justo antes de alcanzar el templo de Apolo se elevaba otra de las construcciones más espectaculares del santuario, la enorme columna de diez metros de altura, de orden jónico y rematada por una esfinge alada que los habitantes de la isla de Naxos la habían dedicado al dios Apolo. De ella queda la basa de la columna y la esfinge, hoy resguardada en el Museo de Delfos.

Siguiendo el camino procesional se llegaba finalmente a una amplia terraza sobre la que se construye el templo dedicado a Apolo. Un lugar muy especial, porque fue allí mismo donde Apolo después de matar a la serpiente Pitón, la enterró en un sarcófago, justo en el ónfalos u ombligo del mundo. O lo que es lo mismo, en el centro mismo del Universo, porque cuenta también la mitología que fue Zeus el que mandó volar a dos águilas  desde los dos extremos del universo, y fue aquí donde se juntaron, lo que venía a indicar que este era el centro del Cosmos. En el centro del templo dedicado a Apolo había una cavidad subterránea, el ádyton, a la que bajaban las pitonisas, pues allí, en el ónfalos, simbolizado en una piedra en forma de huevo (cuya copia romana se encuentra hoy en el Museo de Delfos) y junto a un trípode de bronce que ocultaba la grieta por donde emanaban los vapores que inspiraban a las sacerdotisas, se colocaban éstas para realizar sus oráculos

El templo de Apolo se construye a principios del S. VI a.c., aunque se sabe de construcciones anteriores por lo menos desde el S. VIII. En el 548 ardió este viejo templo, por lo que hubo de reconstruirse, acabándose las obras del nuevo ya a finales del S. VI a.c. Aún así los restos que hoy pueden contemplarse corresponden a la sexta de sus reconstrucciones, ya del S. IV a.c. No obstante se respeta su fisonomía original, correspondiente a un edificio de planta rectangular, hexástilo, períptero, de orden dórico. Contaba con una pronaos, una naos con un pórtico que la precedía (peristasis), y un amplio opistódmos para guardar las innumerables donaciones que recibía este templo.

Delante se situaba el altar de los sacrificios y detrás se construyó un teatro ya en el S.IV a.c. con capacidad para cinco mil ó seis mil personas. Detrás del teatro, ya fuera del santuario, se hallaba el estadio, y habría también un hipódromo, del que no quedan restos. No faltaban además todo tipo de estatuas, columnas, trípodes y estandartes, donados en acción de gracias por los servicios del oráculo.

Saliendo fuera del recinto se abría otro espacio dedicado al culto de Atenea Pronaia, que contaba a su vez, con un templo del S. VI a.c., dedicado a la diosa: hexástilo, períptero y de orden dórico, aunque menor que el de Apolo; los dos Tesoros de Masalia, y el famoso Tholos de Atenea Pronaia, que ya ha sido comentado en esta misma página

Con el paso del tiempo el antiguo santuario se convirtió en un lugar abandonado, y no sería hasta mediados del S. XIX, cuando el arqueólogo alemán Kart Otfried Müller, descubrió algunos lienzos del muro exterior del recinto. Alemanes y franceses continuaron la labor, sobre todo estos últimos, que lograron un acuerdo con el gobierno griego a finales ya del S. XIX, para estudiar el lugar, realizando no sólo las excavaciones del santuario, sino también algunas restauraciones como la del Tesoro de los atenienses. La mayoría de las pieza encontradas se conservaron en el lugar, como el grupo de Kurós de Cleobis y Bitón, o el famoso Auriga de Delfos, también estudiados en esta misma página, pudiéndose contemplar en la actualidad en el Museo de Delfos.

PARA SABER MÁS:

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