Siglo XIII

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“Un arte más diversificado. El “opus francigenum”, que se había definido en el siglo XII, se afirmó en el XIII, en su región natal. Tanto en arquitectura como en las demás técnicas, que no escapaban todavía a la tutela del contratista de obras y del “albañil”, extendió sin cesar su dominio hasta alcanzar los extremos de la cristiandad latina.

Empezaron a construirse iglesias, más grandes, más ricas y más sólidas, y, subsidiariamente, castillos, palacios y moradas suntuosas, sobre todo en las ciudades. Así fue como el gótico tuvo ocasión de satisfacer plenamente las ambiciones de sus pioneros, que habían soñado con alcanzar las proporciones enseñadas por los matemáticos y con otorgar amplia acogida a la luz, de la que creían –como los neoplatónicos y los de Chartres– que restablecía la multiplicidad a la unidad, la materialidad a lo sobrenatural y sus criaturas al Creador. Último de los hallazgos técnicos que abrieron el camino al nuevo estilo, el arbotante permitió realizar completamente este programa, así como respetar las “justas medidas” tanto en plano como en alzado, llevar las bóvedas más arriba, abrir los muros y hacer inmensos vanos. Cada una a su manera, las catedrales clásicas –Chartres, Reims, Amiens, Bourges– encarnaron de este modo una concepción física y metafísica, sabia y sagrada de la belleza, basada en el número y en la claridad.

Los arquitectos de la segunda mitad del siglo conservaron las lineas generales trazadas por sus predecesores, pero llevaron a sus últimas consecuencias las posibilidades abiertas por ello. Vaciaron todavía más: en la Sainte-Chapelle (1245-1248), sustituyeron las paredes por un armazón de columnas, y en el coro de Saint-Urbain de Troyes (1262-1266), incorporaron el triforio a las ventanas que descendieron de este modo a tres metros del suelo. Construyeron edificios cada vez más altos: 48 m hasta la clave en Beauvais (1247-1272). Adelgazaron los pilares y los arcos. Los arquitectos se refinaron, y con ello salieron favorecidos los rosetones aunque, sin embargo, el conjunto de los edificios pronto se convirtió en un simple teorema elegantemente resuelto. El gótico se perdió en las fórmulas, y empezó a consumirse. El virtuosismo le resultó tan fatal como a la escolástica. Manipuladores de palabras y manipuladores de piedras se habían embriagado con su habilidad y, en lugar de crear temas, sólo ejecutaban variaciones.

Las otras artes gravitaban todavía alrededor de la arquitectura. La escultura acentuó el relieve, sin duda con respecto a la época románica; incluso se hizo, a partir de Chartres, cada vez más estatuaria. La pintura pasó, con frecuencia, de la pared a la madera. En realidad todo esto no eran más que tendencias a la autonomía. Porque, en sus relaciones más importantes, tanto la una como la otra, permanecieron al servicio de los contratistas de obras; sobre todo la primera, que fue tan particularmente representativa de la estética de la época: el naturalismo, el didactismo, la claridad y la abundancia la definieron.”

(Léopold Genicot: “Europa en el siglo XIII”. 1970)

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