Sorolla / 1 / Comienzos

Marina 1880

“La historia del gusto, como la del arte, ofrece, en lugar de una linea seguida y ascendente, incesantes cortes y oscilaciones. Cada generación desdeña a la anterior, cada una pretente descubrir lo que sus padres y abuelos ignoraron. Trescientas mil personas han acudido, los pasados meses, al museo de la Orangerie de París, para ver una docena de telas de un pintor holandés, Vermeer, que hace un siglo quedaba totalmente oscurecido por los Wouwerman y los Du Jardin que hoy nadie mira. Zurbarán, ya en sus últimos años, sufrió de una falta de favor que perduró hasta el Romanticismo, en que los poetas, como Théophile Gautier, apostrofan en la Galería Louis-Philippe a los

…”Moines de Zurbarán, blancs Chartreux, qui dans l´ombre, glissez silencieux sur les dalles des morts…”

Pero, una vez más, a fines del siglo XIX, el pintor de Fuente de Cantos será vencido por el suave Murillo, hasta que Cézanne y el cubismo lleguen para subrayar la belleza de los volúmenes del primero, hasta que los surrealistas aprecien, tras un artículo de Chistian Zervos, el aspecto insólito de la “realidad” zurbaranesca. Zurbarán llegó, por unos años, a triunfar sobre Velázquez, tratado de “fotógrafo” por quienes, por adorar a Uccello o a Piero della Francesca, relegaban a las trasteras a Rafael o a Rubens.

¿Para qué seguir? Sorolla, que en la Exposición Universal de París de 1900 fue el pintor español más admirado, con la “blancheur del voiles gonflées dans la fraîcheur du matin” (como escribió Léonce Bénédite), a cuya exposición de la Hispanic Society de Nueva York, en 1909, acudieron cerca de ciento sesenta mil admiradores, y más de cien mil a la del Arte Institute de Chicago, en 1911, hoy desaparece, relegado a pasillos y desvanes, o a esas salas de los museos que ni se visitan, y que ahogan en su tediosa penumbra el esplendor de la luz de sus paisajes.

Y la prensa nos trae una tristísima noticia [1967]: el Museo Sorolla de Madrid, instalado en la casa de la calle de Martínez Campos que el pintor planeó en sus menores detalles, y en la que vivió entre 1912 y 1920, va a ser clausurado por falta de presupuesto. Fundado por iniciativa de la viuda del artista (muerta en 1929, seis años después que su esposo), inaugurado en 1932, el único museo que nos ofrece, en una instalación idónea y un ambiente familiar de gran señor del arte, una selección de sus pinturas y dibujos, subsistirá sólo unos meses y gracias a una subvención del Círculo de Bellas Artes. Es como si Sorolla muriese por segunda vez.

Esa casa, un “hotelito” como se decía en la época, verdadero palacio, en cuyo jardín Sorolla pintaba su último cuadro, en junio de 1920, cuando lo detuvo la hemiplejía que había de llevarlo a la tumba tres años después, representaba para él el fruto y la coronación de una vida de trabajo incesante. Joaquín Sorolla Bastida nació en Valencia el 27 de febrero de 1863, cuatro años antes que Vicente Blasco Ibáñez, con quién su estilo y su laboriosidad ofrecen no pocas semejanzas. Era hijo de un aragonés y de una valenciana, que fallecieron cuando Joaquín no tenía más de dos años. Su tía materna, Isabel Bastida, esposa de un modesto cerrajero, recogió al niño y a su hermana, un año menor que él, y les sirvió de madre. El pintor millonario del palacio de Martínez Campos empezó su existencia en el mayor desvalimiento.

Su padres adoptivos quisieron, sin embargo, darle una educación esmerada, y en 1874 le hicieron ingresar en la Escuela Normal de Valencia. Pero a Joaquín no le interesaban las letras sino los dibujos. Y en 1877 entraba en la Escuela de Artesanos, en las clases nocturnas del escultor Cayetano Capuz. Dos años más tarde recibía su primera recompensa oficial, “por su constante aplicación en el dibujo de Figura”. Y en esa misma fecha de 1879 ingresaba en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, sin abandonar, por eso, su trabajo de herrero en la cerrajería de su tío.

Su primera medalla, en una Exposición Regional valenciana (1879) por una acuarela de “El patio del Instituto”, la medalla de plata que la Sociedad Recreativa “El Iris” le otorga al año siguiente (1880), en fin, una medalla de oro por su “Monje en oración” (1883) en otra Exposición Regional le ayudan a soportar los sinsabores de su primer viaje a Madrid que (como para Velázquez, como para Goya) significa su primer fracaso: las tres “Marinas” que presenta al Salón Nacional de Bellas Artes, en 1881, pasan inadvertidas. Aprovecha de ese viaje para estudiar en el Museo del Prado, y tanto le apasiona la visita que vuelve al año siguiente. Copia a Ribera y a Velázquez. Se definen sus gustos: el primero le enseña un naturalismo vigoroso y popular, el segundo un manejo extraordinariamente libre del pincel, una ciencia refinada de los valores luminosos, ciertas gamas de color, carmesíes y plateadas, que el Sorolla maduro recordará en su retrato de “María Guerrero” (Museo de Arte Moderno, Madrid), que es como un homenaje a Velázquez.

Madrid (como a Velázquez, como a Goya) no le ofrece sino una leve resistencia. En 1884 su enorme “Dos de Mayo”, cuadro de historia, según la moda, pintado en Valencia, obtiene la Segunda Medalla de la Exposición Nacional. El éxito de la capital, que confirma las previsiones regionales, aumenta su prestigio en Valencia, donde, en el mismo año, gana las oposiciones para una beca de tres mil pesetas anuales para estudiar en Roma, durante tres años, prorrogables a cuatro, si hay merecimientos. El 3 de enero de 1885, Sorolla, que apenas tiene veintidós, sale triunfal hacia Italia.

(de: Julián Gállego: “La luz de Sorolla”. 1967)

[CONTINUARÁ]

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