Sorolla / 2 / Roma…y también París

“El Viaje de Roma, garantía de la calidad de un pintor europeo entre los siglos XVI y XIX, había comenzado a perder, a fines de este siglo, su prestigio de monopolio. Una ciudad rival en arte surgía, con extraños pintores que se interesaban por el resplandor fugitivo de la luz: París. Sorolla, tras pasar tres meses en Roma, aprovecha de su inhabitual riqueza para correr a París, en la primavera de 1885. ¿Qué ha podido encontrar en París? Por lo pronto, una efervescencia artística, en torno a problemas que le interesan. El año anterior, el crítico Félix Fénéon ha fundado la “Revue Independente” donde se debaten las cuestiones palpitantes de la luz y del color. Empieza sonar la palabra “divisionnisme” aplicada a la técnica de Signac y de Seurat, que tratan de llevar a una aplicación sistemática y casi científica la pincelada suelta, los tonos complementarios de los Impresionistas. Pero este aspecto cerebral, elaborado, de un arte “cosa mentale”, no puede interesar demasiado a nuestro Sorolla, que sentía la pintura como algo físico, como una necesidad natural de su caudaloso temperamento levantino. Mucho más han de interesarle los auténticos impresionistas, que mezclan en un mismo placer la merienda en el campo, el baile, la pesca, la pintura: Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, que han pintado sendos paisajes del merendero acuático de “La Grenouillère”, cerca de Bougival, en 1869: Edouard Manet, muerto dos años antes del viaje de Sorolla, pero vivo en sus obras, donde Sorolla puede apreciar su misma admiración por Velázquez. Sus cuadros finales, “Nana”, “El merendero del Père Lathuile”, “El Bar del Folies Bergères”, son como himnos a la luz y a la libertad de pincel, las dos cosas que Sorolla aprecia más.

Pero no nos engañemos: no coloquemos como se suele, a Joaquín Sorolla como un imitador más o menos artista, de los impresionistas franceses. Es el modo de no apreciarlo, de achacarle defectos que no tiene, de acusarle de no pintar como Renoir o como Monet, como Sisley o como Pissarro. En París, y sobre todo en Italia, hay otros pintores, otro estilo, que –por esos vaivenes del gusto a que antes me refería– han sido scrificados en aras del monoteismo impresionista. Al margen del Impresionismo oficial, hay una serie de pintores, el italiano Segantini, el holandés Breitner, el suizo Hodler, el inglés Sickert, el noruego Munch, el alemán Menzel, el sueco Zorn que cuentan mucho: en la Exposición Universal de París de 1889 se verán sus obras, en unión de las “Venecias” de Martín Rico, de una marina de Elíseo Meifrén, de los paisajes de los Masriera, Rusiñol y Sala. En la exposición ya citada de 1900, Sorolla se verá en compañía del alemán Liebermann, del ruso Levitán, del holandés Israels. Y hay, también, los grandes retratistas mundanos, Madrazo, De la Gándara, Boldini, Sargent. Todo un arte más espectacular, acaso menos poético, menos sincero que el arte de Sisley, pero no por eso desdeñable: arte de maestría, de pasta rica, extendida con brío de un brochazo, de un golpe de espátula que deja, a veces, sin cubrir el lienzo, como para hacer asistir al espectador al misterioso momento de la creación artística, ese momento, –tan cultivado por la escultura de Rodin– en que de la nada, del caos, sale la forma.

En sus cuatro años de Italia, Sorolla, además de aprender la lección de los grandes maestros del pasado (él no es un intelectual de la burguesía parisiense, que pueda despreciar los museos en busca de la novedad; él es un pobre cerrajero, un alumno de escuela nocturna, educado en el respeto de los semidioses del arte), puede aprender las del presente, lecciones un tanto distintas de las de París. En Nápoles, Milán y Florencia, hay múltiples ensayos para captar la luz, mucho más viva que en la “Ile de Frances”, no con la pincelada fluida de Renoir, sino con grumos y espesuras de pintura, con zonas violentamente coloreadas, con manchas. De aquí el nombre de “macchiaioli” que recibe el grupo de pintores florentinos que, a mediados del siglo XIX, ha roto con la imitación del pasado, y que, por un camino totalmente distinto al seguido por los paisajistas de Honfleur, quiere expresar la luz y la vida con lozanía nueva: Signorini, Fattori, Lega, Sernesi, De Tivoli, seguidos por De Nittis, por Boldini,… En Nápoles nacieron Cammarano y Toma, cuya “Luisa Sanfelice en la cárcel” (1877) es ya casi un Sorolla, por la amplitud de la atmósfera y de la luz, por la sencillez de la técnica.

No es mi intención el tratar de demostrar que un artista no es sino un revoltillo de influencias, una alfombra de remiendos de diversas telas y colores. Lo que importa en cada pintor no es lo que le asemeja a los demás, sino lo que le distingue. Pero me ha parecido necesario apuntar aquí unos parentescos, unas lecciones que Sorolla tuvo en su juventud y que le permitieron un lenguaje propio, ese estilo inconfundible de todo gran pintor, que hace que reconozcamos sus obras, entre mil. Sorolla no es un pintor impresionista, como no es un “macchiaiolo”: pero pudo serlo.”

(Julián Gállego: “La luz de Sorolla”. 1967)

[CONTINUARÁ]

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