Sorolla / y 3 / Luz

“Después de estos años de aprendizaje, Sorolla, tras su boda en Valencia (1888) y su luna de miel en Italia, se instala en Madrid. Y en la Nacional de 1890, su cuadro “Boulevard de París” merece la segunda medalla. En 1892 estrena las recompensas internacionales de Munich y Madrid; en 1893, el Salón de París le concede una medalla de oro por su cuadro “El beso de la reliquia” y la Exposición Universal de Chicago su medalla única, por “Otra Margarita”, cuadro adquirido por el Museo de Saint Louis. Así se inicia una carrera cosmopolita, con medallas y recompesas cada año. En este momento es cuando Sorolla, dueño de sus facultades, ataca con valentía los difíciles temas del mar: “La vuelta de la pesca” segunda medalla del Salón de París en 1895, “Aun dicen que el pescado es caro” primera medalla de la Nacional de Madrid en el mismo año ilustran esta tendencia.

El último título se ha prestado a la fácil chacota de quienes defendían “l´art pour l´art”. ¿Qué es eso de hacer literatura, y aun menos política, con la pintura? De tanto reir han olvidado mirar el cuadro, un lienzo sobrio (Museo de Arte Moderno, Madrid), que representa a un joven pescador ahogado, rodeado por sus compañeros. Ese tipo de lienzos responde a una tónica general en la pintura novecentista española, de crítica social, a la misma de “La bestia humana” de Fillol, “Salus infirmorum” de Pidal, y “Trata de blancas” o “Triste herencia” del propio Sorolla. La pintura de historia, de cortinón y gualdrapa, se casa con la pintura de género, de manolas y toreros, para tratar de plasmar, con mejor o peor fortuna, las preocupaciones del momento. Los buenos pintores, como Gonzalo Bilbao o Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga o el mismo Solana, lo consiguen.

Emile Zola, Guy de Maupassant, pintan en sus novelas y cuentos, con una pincelada impresionista, las escenas contemporáneas; en España lo hace, algo después, Vicente Blasco Ibáñez, paisano y contemporáneo de Sorolla, de quien este año conmemoramos el primer centenario del nacimiento. Como Sorolla, Blasco Ibáñez atraviesa en su renombre una “crisis”. Sus temas son los mismos que los que Sorolla trató con el mayor éxito. Y “Cosiendo la vela”, “Almuerzo en la barca”, “El columpio”, “Pescaderas en la playa de Valencia”, “Grupa valenciana”, “Esperando la pesca”, “Bueyes sacando la barca” y tantos y tantos cuadros más, en los que Sorolla recogió la esplendirosa atmósfera inflamada de Levante, corresponden en estilo y en color a las mejores páginas de Blasco.

…”El espacio vibraba de luz y calor. Un sol africano lanzaba torrentes de oro sobre la tierra, resquebrajándola con ardorosas caricias, y sus flechas de oro deslizábanse por entre el apretado follaje, toldo de verdura bajo el cual cobijaba la vega sus rumorosas acequias, y sus húmedos surcos, como temerosa del calor que hacía germinar la vida por todas partes”, escribe Blasco Ibáñez (La Barraca) ¿No se diría la descripción de un cuadro de Sorolla, por ejemplo de los “Naranjos de Alcira” de su Museo de Madrid? Y esta impresión marina: “Por las mañanas… se veía envuelto en una atmósfera verdosa y suave… El sol trazaba sobre la blancura del techo y de las sábanas una red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedían incesantemente: era el reflejo del agua invisible” (Mare Nostrum), ¿no produce la sensación luminosa de tantos cuadros de Sorolla (como la “Niña curiosa” de la col. S. Martínez) en que el resplandor del sol y del agua penetran a través de persianas y toldos?… “Rafael,… veía por detrás de la ermita toda la Ribera baja; la extensión de arrozales bajo la inundación artificial; ricas ciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco caserío sobre aquellas fecundas lagunas…; más allá la Albufera, el inmenso lago, como una faja de estaño hirviendo bajo el sol; Valencia, cual un lejano soplo de polvo, marcándose a ras del suelo sobre la tierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de límite a esta apoteosis de luz y color, el Mediterráneo, el golfo azul y temblón… ” (Entre naranjos); podríamos decir Joaquín, en lugar de Rafael, pintando una de sus marinas de la costa… “Los altos ribazos ocultaban la red de canales por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos”… (Cañas y Barro): se diría, exactamente, un croquis de Sorolla.

Tras las exposiciones de París (Gal. Georges Petit, 1906), Berlín, Londres y Nueva York, la Hispanic Society le encarga, primero (1910) retratos de españoles famosos y luego (1911) la decoración de la biblioteca, con grandes paneles representando las diversas regiones españolas. De 1912 a 1919, Sorolla trabaja por toda España, captando, no sólo lo superficial de los trajes folk-lóricos, sino el ambiente, la luz, el carácter, que hace tan distintos a los mayordomos del Roncal de los campesinos manchegos, a los novios de Lagartera de los pescadores valencianos, a las montañesas de Ansó de las bailadoras de Sevilla. Los bocetos originales para esas decoraciones, que reciben al visitante del Museo Sorolla de Madrid, son una de las más asombrosas declaraciones de amor a España y a la pintura de toda la historia del arte. Al terminar esa gran serie, verdadera epopeya de una España que ya no existe, Sorolla puede morir tranquilo.

¿Tranquilo? Bernandino de Pantorba, gran especialista de la vida y la obra de Sorolla, cuenta una frase del pintor, a quien le preguntaban si se fatigaba: “La mano se me cansa muchas veces, pero el espíritu, el deseo de pintar, ¡nunca!”. La hemiplejía paralizó su mano, cansada ya de tanto trabajar; pero en esos últimos años, cuando la familia, esa familia tan unida, paseaba al enfermo, del Cantábrico al Mediterráneo, en busca de alivio, más de una vez debió de pensar en esa belleza que existía allí, a la luz del sol, reflejada en el azul del mar, a su alcance. Y sólo pudo consolarlo de su abatimiento la idea de que su obra, esa obra inmensa, en cantidad como en calidad, le sobreviviría, como una luz de amor a la vida.

(Julián Gállego: “La luz de Sorolla”. París, 1967)

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