SOUTINE

“De todos los pintores judíos de la escuela de París, Chaim Soutine (1894-1943) es, sin duda, el principal; el único a quien la angustia, así como la chillona verdad de los colores, colocan en el panteón del expresionismo. Llegó, desde Lituania a París, en 1911 y se instaló en La Ruche, en compañía de Modigliani, Chagall, Lipchitz y Blaise Cendrars. Considerado, siendo muy joven, como un maestro por Elie Faure, no por ello dejó Soutine de vivir una existencia mísera, que el marchante Zborowski trató de atenuar enviándolo a Céret. Allí plasmó Soutine paisajes alucinados de la campiña meridional francesa. Los paisajes de Provenza de Van Gogh ardían en un terrible incendio, que transformaba los cipreses en llamas. Los paisajes de Soutine están sacudidos por temblores sísmicos. Toda la obra de Soutine estará, así, agitada por temblores o deformaciones, junto a las cuales las de Kokoschka o de Nolde parecerán tranquilas. Incluso después de llegarle el éxito en 1923, cuando Zborowski llevó a su estudio al doctor Barnes, quien le compró cien cuadros, Soutine no se apartaría nunca de su visión trágica de la existencia. Y, sin embargo, a partir de 1929, año en que repartió su vida entre París y el castillo de Lèves, cerca de Chartres, donde era acogido por el matrimonio Castaing, vivió bastante confortablemente. Pero siguió siendo inquieto e inconstante. Desde 1933 se negó a exponer y pintó poco. Durante la ocupación alemana se refugió en una aldea de la Turena. El 9 de agosto de 1943, operado desmasiado tarde una perforación intestinal, falleció en París, adonde había sido trasladado urgentemente con nombre supuesto.

Expresionista frenético, Soutine pintó niños de coro, por la sencilla razón de que iban vestidos de rojo, y lacayos, por igual motivo. Si le gusta pintar pollos manidos y carnes en descomposición es por su bello color azul. Por obra de su pincel, la putrefacción se convierte en pedrería. Se ha hablado mucho del buey que conservó diez días en su habitación y que apestó a todo el barrio. Fascinado por la descomposición del animal, Soutine lo utilizó para realizar una obra admirable, próxima a un Rembrandt.

Soutine, que no dibujaba jamás, sino que atacaba el cuadro directamente con el color, se preocupaba poco de la anatomía. Lo que le importaba era plasmar bien la expresión. De aquí que sus figuras estén unas veces encogidas, otras estiradas y siempre crispadas, doloridas y desesperadas. Pero el color magnifica la sordidez de sus temas, les confiere una nota suntuosa y los ensalza.”

(En: Michel Ragon: “El Expresionismo”, 1966)

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