Templo de Artemisa en Éfeso

No deja de ser sorprendente que uno de los templos más monumentales y admirados de la Antigüedad clásica tuviera una cronología tan temprana como se le asigna (mediados del S. VI a. C), y no deja de sorprendernos también que de esa extraordinaria belleza, considerada por Antípatro de Sidón una de las Siete Maravillas del Mundo, no queden hoy más que restos dispersos de una ruina desaparecida por completo.
Todo debió de ser sorprendente, en efecto, en el Templo de Artemisa porque todo fue desmesurado, y debió de serlo a tenor de la enorme importancia que tuvo en la Antigüedad el culto a esa diosa en buena parte del Asía Próxima, muy relacionada a su vez con el culto a la diosa frigia Cibeles, o lo que es lo mismo a la Diosa Madre, cuya tradición se pierde en la noche de los tiempos. Artemisa para los griegos es la hermana gemela de Apolo, y diosa de la caza, la guerra y sobre todo de la fertilidad, aunque curiosamente de la fertilidad virgen, porque será precisamente su virginidad uno de sus atributos más preciados, valor que curiosamente adoptará mucho más tarde el cristianismo con la figura de la Virgen María, en un curioso y desafortunado sincretismo.
El caso es que la importancia del culto en la zona convertirá Éfeso, en su momento una de las ciudades jonias más prósperas, en el centro de su adoración. De ahí que sepamos, después del largo y penoso proceso de excavaciones realizadas en el témenos del santuario, que antes de la construcción del templo propiamente dicho que va a ocuparnos, ya se habían emprendido hasta tres obras sucesivas. La primera una basa o pedestal (del siglos VIII-VII a. C) junto al que se encontraron ricos depósitos de ofrendas de todo tipo (monedas, marfiles, ornamentos…), y que sirvió como asiento de la escultura de la diosa en los templos sucesivos. Más tarde se fueron añadiendo otras estructuras hasta constituir un templo menor en el S. VII a.C, aunque sobre el particular faltan datos para poder afirmarlo plenamente.
El verdadero templo de Artemisa en Éfeso, el que deslumbró a tantos y tantos que lo visitaron, se construye a mediados del S. VI a. C, y al parecer por iniciativa de Creso de Lidia, el rey que conquistó casi toda Anatolia para su reino hasta que fuera derrotado por los persas de Ciro en el 546 a. C. Por eso a este primer templo de Artemisa, el de época Arcaica, se le conoce también como Templo de Creso, entre otras cosas para distinguirlo de la reconstrucción posterior del S. IV a.C. Y es este templo el que decíamos al principio que resulta sorprendente por muchas razones. Escribe de él Filo de Bizancio en el S. III a.C: “El Templo de Artemisa en Éfeso es la única casa de los dioses. Dondequiera que mires sentirás la convicción de que se ha producido un cambio de lugar, que el mundo celestial de la inmortalidad ha sido colocado en la tierra. Ya que los Gigantes o los hijos de Aloeo que intentaron escalar el cielo amontonaron montañas y construyeron no un templo, sino el Olimpo”.
Sorprenden en primer lugar sus dimensiones, aunque también es verdad que muchos de los testimonios que utilizamos provienen de crónicas muy posteriores, como la de Plinio el Viejo, en la que seguramente se entremezclan cifras del primer templo y de su reconstrucción posterior. Pero aún así parece un hecho que era un edificio de 110 metros de largo por 55 de ancho, y que por tanto era más ancho y más amplio que el Partenon, construido casi un siglo después; que contaba con una pronaos in antis muy profunda, de casi cinco tramos de intercolumnios; una cella de tres naves, y un opistódomos igualmente notable al fondo; que presentaba una estructura díptera, igualmente monumental; y una fachada octástila de orden jónico, lo que le convierte además en el primer gran edificio de orden jónico, en fechas asimismo muy tempranas. Por supuesto debió de asumir con rigor el sistema de proporcionalidad de la arquitectura griega, como lo prueban las medidas de longitud y anchura mencionadas; y se sabe asimismo del empleo de recursos ingeniosos e imaginativos para solucionar la inestabilidad de la tierra pantanosa sobre la que se levantaba, reforzando los cimientos con carbón pisoteado y vellones de lana.
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En cuanto a su estructura exterior sería la de un templo jónico característico, si bien al tratarse de una edificación tan temprana algunos de los convencionalismos característicos del orden jónico aún no estaban establecidos. Parece ser así que el entablamento carecía de friso, sustituido en este caso por “dentellones”.
The Temple of Artemis
También su decoración resultaría extraordinaria y sorprendente, con relieves labrados de tamaño natural en los tambores inferiores de algunas columnas que serían preciosos ejemplos de escultura arcaica; las columnas eran de mármol macizo, y las paredes aunque su núcleo era de piedra caliza, también se revestían de un mármol blanco y prístino. Se habla de que en total componían su estructura un total de 127 columnas de una altura considerable, si bien, éste sí es un dato aportado por Plinio que tal vez solo correspondiera a la reconstrucción del S. IV a.C. En cualquier caso es un hecho que todo el interior constituiría un verdadero bosque de columnas, que para muchos no era sino el recuerdo de las enormes salas hipóstilas de los templos egipcios con las que se quiere establecer un vínculo de influencia, sobre todo si como se parece, el arquitecto de este magnífico templo fuera un cretense, Quersifrón (o Chersiphron) de Cnossos, quien por sus orígenes pudo viajar a Egipto y conocer sus templos. Y todo esto sin contar con la escultura de la diosa, que debía de ser igualmente admirable, toda hecha en madera, de tamaño natural e iluminada con múltiples láminas de oro.
En resumidas cuentas un modelo soberbio de belleza y monumentalidad. Para muchos el ejemplo más perfecto de la arquitectura jónica, por delante incluso del Erecteion, y en cierto modo un prototipo tempranísimo de esa perfecta simbiosis entre clasicismo y grandilocuencia oriental que definirá siglos más tarde la arquitectura helenística.
Pero este templo magnífico desapareció en una noche. La que tardó un tal Eróstrato en incendiarlo sin otra razón que la de lograr con semejante acto una notoriedad histórica que trascendiera los siglos, y que tampoco debió de resultarle tan difícil considerando que todo el techo era de madera. Se dice que la fecha coincidió precisamente con la del nacimiento de Alejandro Magno (21 de julio de 356 a. C), lo que sería como poca forzar en exceso los designios del destino, pero el caso es que el propio Alejandro abrumado por la coincidencia decidió poner lo que hiciera falta de su parte para reconstruir el templo. Los efesios se negaron a semejante generosidad aludiendo que no parecía conveniente que un dios le construyera un templo a otro dios. Fuera por ello o por otras razones, el caso es que hubo que esperar a la muerte de Alejandro en el 323 a. C para que se afrontara la restauración del templo, obra al parecer del arquitecto Dinócrates, que sería escrupulosamente respetuoso con el edificio primitivo. De hecho se insiste en que se mantuvieron las dimensiones y estructura del templo original, así como buena parte de los materiales y decoración que no habrían desaparecido completamente. Únicamente alteró el crepidoma, elevando en dos metros y medio más su altura al circundarlo con un nuevo plinto de diez escalones.
Así volvería a lucir el hermoso edificio con todo esplendor cinco siglos más. Concretamente hasta que en tiempos del emperador romano Galieno los bárbaros volvieran a destruirlo con saña. Así lo explicaba Edgard Gibbon en 1776: “Pero los rudos salvajes del Báltico carecían de gusto por las artes elegantes, y despreciaron los terrores intelectuales de una superstición extranjera”.
En el siglo IV el templo sufriría además el embate de los terremotos, y llegado el S. V, el cristianismo se encargaría de acabar con aquella maravilla. San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla, despojaría del tesoro al templo, al tiempo que se permitía la instalación de un horno de cal en las escalinatas de entrada para transformar el mármol de columnas, relieves y muros en mortero. Así, bloque a bloque el templo terminó por desaparecer.
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Habría que esperar a 1869 para que sus pocos restos fueran descubiertos por una expedición del Museo Británico dirigida por el arquitecto inglés John Turtle Wood, auténtico impulsor de los primeros trabajos de excavación de la ciudad de Éfeso y del propio Templo de Artemisa. Desde entonces hasta hoy se han sucedido distintas campañas de trabajo tratando de desvelar en la medida de lo posible los misterios que aún guarda el edificio, esquivos como pocos para los investigadores, dado el nivel de destrucción y desaparición del mismo. Es por ello que se ensancha nuestra imaginación como en ningún otro ejemplo cuando leemos aquello que cuenta Antípatro de Sidón al hablar de esta Maravilla del Mundo: “He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los alfeos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: aparte de desde el Olimpo, el Sol nunca pareció jamás tan grande”.
https://youtu.be/-dNsSL8fnUA

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