Tesoros

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Al comienzo de la cultura sólo encontramos el gusto por el adorno, por el esplendor centellenate de los metales preciosos que se utilizan entonces como aderezo. Después el placer consistió en el máximo ornato. A esto se añade más tarde el placer por la posesión de muchas alhajas, el cual se convierte fácilmente en un placer por la posesión de muchos objetos de adorno.

La primera cima que alcanza esta carrera en pos del oro es el placer por la pura posesión del precioso metal, sea cual sea la forma en la que se presente, si bien continúa prefiriéndose en formas estéticas. Es la época de la acumulación de tesoros. Los primeros documentos históricos que nos hablan de la actitud de los pueblos germanos en relación con el oro (y la plata) datan precisamente de esa época.

Para Gustav Freytag, “los germanos eran un pueblo sin dinero, cuando se lanzaron contra las fronteras romanas; la moneda romana de plata entonces en curso era mala ya desde el siglo III, mero cobre plateado de valor inestable. Así, pues, fue el oro lo primero que cautivó el deseo de los germanos. Pero no les gustaba como metal acuñado, lo codiciaban como adorno de guerra y para las copas de homenaje en los banquetes, como corresponde a un pueblo joven que gusta de exhibir sus riquezas, […]  Una alhaja valiosa era honra y orgullo del guerrero. Pero para el señor que mantenía al guerrero la posesión de tales joyas encerraba un valor aún mayor. El jefe tenía el deber de ser generoso con sus hombres, y la mejor prueba de esta generosidad era la abundante distribución de valiosos objetos de adorno. Quien podría permitírsela estaba seguro del elogio del trovador y de la alabanza de sus seguidores, así como de poder conseguir en todo momento el apoyo que precisase […]  En la época de las emigraciones se generalizó, según parece, la costumbre de constituir un tesoro familiar. Leovigildo, hacia el año 568, fue uno de los primeros en formar un tesoro y en adoptar vestiduras reales y el uso del trono; hasta entonces los monarcas visigodos se habían codeado con el pueblo, vistiendo y viviendo como un individuo cualquiera. A partir de aquel momento el poder real va a descansar sobre el imperio, el tesoro y el pueblo.

El tesoro de un monarca estaba compuesto por alhajas y utensilios (primero de oro, más tarde también de plata), brazaletes, fíbulas, diademas, collares, vasos, cuernas, cuencos, fuentes, jarras, bandejas, arneses, en parte trabajados por artífices romanos, en parte de fabricación local; se componía además de piedras preciosas y de perlas, de valiosas vestiduras tejidas en los telares imperiales y de lujosas y aceradas armas. Posteriormente pasaron a formar parte del tesoro las monedas de oro, sobre todo cuando por su tamaño o acuñación se salían de lo corriente; por último también se incluyeron lingotes de oro fundido en forma de barras, a la manera romana, y de ampollas y cuñas, al estilo teutón. También los  reyes preferían el metal precioso trabajado al monótono dinero, y ya en el período de las emigraciones se concedía más valor a un trabajo reputado como fino y bello y a unas piedras preciosas engarzadas. Además se buscaba la suntuosidad en el volumen y peso de los diversos objetos. Se fabricaban en tamaño gigantesco, como era el caso de las fuentes de plata que habían de ser izadas a la mesa por medio de máquinas. Joyas de este tipo eran recibidas por el monarca como presentes intercambiados en todo acto oficial: visitas, embajadas, tratados de paz y, sobre todo, en calidad de tributo por parte de los romanos que estaban obligados a pagar la no despreciable suma de 300.000 libras de oro al año.”

(Werner Sombart: El burgués. 1913)

(Imagen de cabecera: Corona del tesoro de Guarrazar)

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