Un día en las carreras

Circo0

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“Las carreras de carros se celebraban en el circo y constituían el espectáculo que encendía más pasiones y partidismos más radicales entre los romanos. La planta de un circo romano, bastante parecida a la de un hipódromo griego, es un rectángulo alargado cuyos lados menores forman un arco de circunferencia: La pista estaba dividida por un terraplén alargado, situado en medio, que recibía el nombre de spina. En cada extremo de la spina había una meta, y encima solían colocarse obeliscos, procedentes en su mayoría de Egipto, estatuas de divinidades, entre las cuales no faltaba la diosa Cibele, surtidores y siete grandes huevos de madera que servían para contabilizar las siete vueltas de que constaba cada carrera. También siete delfines esculpidos en piedra podían cumplir la misma función.

Delante de una de las metas había las cocheras, llamadas carceres, donde los caballos y los carros con los aurigas esperaban el momento de ponerse en la línea de salida.

Los espectadores, sentados en las gradas o cávea esperaban ansiosos el momento de la salida. Esto ocurría cuando el magistrado que presidía los juegos, sentado en el palco reservado a las autoridades, tiraba un pañuelo a la arena.

Cada carrera consistía en dar siete vueltas a la pista alrededor de la spina que acostumbraba a medir unos 214 metros de longitud. Los carros se llamaban bigas si estaban tirados por un par de caballos; trigas, si eran tres caballos; cuádrigas, los más usuales, si eran tirados por cuatro, y más raramente había carros tirados por seis, ocho o diez caballos. Cada carro representaba un bando o facción. Las facciones pagaban los gastos de entrenamiento, de selección de los animales, de los aurigas, y del resto del personal necesario. Había cuatro facciones, puesto que éste era el número de cuádrigas que competían a la vez: los blancos, los verdes, los azules y los rojos. Cada auriga salía a la pista con casco, látigo, unas bandas que le ceñían las piernas y los muslos, la casaca del color de la facción que le apoyaba y con el cuerpo atado a las riendas, que tenía que cortar con un machete en caso de accidente.

La alegría de los partidarios de un color era indescriptible cuando el carro de su auriga pasaba cerca de la meta sin rozarla. Si tomaba la curva demasiado abierta, perdía tiempo y terreno con el peligro adicional de chocar con otro carro y provocar el temido naufragio. El auriga debía de ser diestro en realizar movimientos con el cuerpo, hacia delante para incitar a los caballos y hacia atrás para frenarlos. Los caballos y las yeguas también eran los protagonistas del espectáculo. Cada animal tenía nombre y todo un historial de hazañas y proezas. Normalmente los aurigas procedían de las capas sociales más bajas, pero a medida que alcanzaban más victorias, exigían cobrar más, y así muchos pasaban de ser esclavos a ser millonarios”.

VVAA: Griegos y Romanos. Alhambra. Biblioteca de Recursos Didácticos. Madrid 1990, pág 75.


Y para amenizar el texto, la secuencia de una carrera de cuádrigas más famosa de la Historia del cine, la de la película Ben-Hur:

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