Un jardín para ciegos

000 Castello-di-Donnafugata

 

000 Castello-di-Donnafugata

“Precedido por un “Bendicò” excitadísimo descendió la breve escalinata que conducía al jardín. Cerrado como estaba por tres tapias y un lado de la villa, la reclusión le confería un aspecto de cementerio, acentuado por montículos paralelos que delimitaban los canalillos de irrigación y que parecían túmulos de esmirriados gigantes.Sobre la roja arcilla crecían las plantas en apretado desorden: las flores surgían donde Dios quería y los setos de arrayanes más parecían haber sido puestos allí para impedir el paso que para dirigirlo. Al fondo una Flora manchada de líquenes negro-amarillos exhibía resignada sus gracias más seculares; a los lados dos bancos sostenían unos cojines acolchados, en desorden, también de mármol gris. Y en un ángulo el oro de una mimosa entremetía su intempestiva alegría. Cada terrón trascendía un deseo de belleza agotado pronto por la pereza.

Pero el jardín, oprimido y macerado por aquellas barreras, exhalaba aromas untuosos, carnales y ligeramente pútridos, como las aromáticas esencias destiladas de las reliquias de ciertas santas; los claveles imponían su olor picante al protocolario de las rosas y al oleoso de las magnolias que se hacían grávidas en los ángulos, y como a escondidas advertíase también el perfume de la menta mezclado con el aroma infantil de la mimosa y el de confitería de los arrayanes. Y desde el otro lado del muro los naranjos y limoneros desbordaban el olor de alcoba de los primeros azahares.

Era un jardín para ciegos: la vista era ofendida constantemente; pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado. Las rosas Paul Neyron, cuyos planteles él mismo había adquirido en París, habían degenerado. Excitadas primero y extenuadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían convertido en una especie de coles de color carne, obscenas, pero que destilaban un aroma denso casi soez, que ningún cultivador francés se hubiese atrevido a esperar. El príncipe se llevó una a la nariz y le pareció oler el muslo de una bailarina de la Ópera. “Bendicò”, a quien también le fue ofrecida, se encogió asqueado y se apresuró a buscar sensaciones más salubres entre el estiercol y las lagartijas muertas.”

(Tomasi de Lampedusa: “El Gatopardo”)

(Imagen de cabecera: Castillo de Donnafugata, en Ragusa, Sicilia)

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