Un museo es…

000 Museo Generico

 

000 Museo Generico

“Un museo —decía en cierta ocasión D. José María de Inclán-Zavaleta— es un lugar destinado a la conservación de objetos antiguos que, además de su mérito intrínseco, tienen la propiedad de evocar lo pasado.

Después de esta definición, lo único que me cuadraría, si tuviera respeto a la lógica, sería saludar y retirarme, porque nada tengo que hacer aquí. Retirarme con la digna actitud del Oso Carolina, según la frase proverbial que tuvo nacimiento allá por el 905. En efecto: ¿qué pitos toco yo en un museo? No soy, señoras y señores, un objeto, sino un sujeto, un sujeto tímido y desgarbado,que está aquí no como un perro en cancha de bochas, sino como un ternero en medio de un partido de pato, completamente boleado, no sabiendo a dónde enderezar. Con esta comparación genuinamente criolla y enteramente novedosa, quiero pintar mi desazón al no poder incluirme entre los artículos del museo: no soy un objeto ni soy antiguo, si bien poseo como todo ser racional la facultada de evocar el pasado. Pero este único punto de afinidad es tan pequeño que no alcanza a justificar mi presencia en este sitio, donde los recuerdos, como el buen coñac, deben tener, por lo más bajo, cien años de solera. Y ¿qué papel hago yo aquí con mis recuerdos, que se remontan, cuando más a comienzos del siglo? ¿Qué hago yo con un coñac de almacén, en esta bodega de recuerdos añejos, donde el perfume espiritoso de los tiempos idos se desprende sutilmente de cuanto objeto vemos, nos envuelve, nos asedia, nos penetra y, más que pensar, nos hace soñar en vidas y días lejanos que nos parecen irreales, aunque correspondan a una época bien delimitada y ostenten una fecha precisa? Porque en esta indecisión poética reside para mí el encanto de los museos, encanto que casi nunca tienen los libros de historia, en los que todo está acotado, deslindado, explicado y encerrado entre los guarismos de los años y las letras unciales de los siglos. La historia de los libros es como el osario de humano linaje; en ellos no queda sino el esqueleto de los hechos, el polvo deleznable de las acciones, la ceniza igualitaria en que vienen a parar las hogueras encendidas por la ambición, el heroísmo, el rencor, la codicia, todas las pasiones,en fin, que mueven a pueblos e individuos y lanzan a unos en contra de otros. […] Por esta razón, los museos son de más provecho que los libros de historia. Recogen cuanto objeto de valor ha estado en contacto con la vida, y conservan así los aspectos fugaces de la existencia, que son los que dan carácter e individualidad a los sucesivos momentos históricos. […]

La palabra “museo” no significó primitivamente sino el templo consagrado a las musas, y como en el fondo de las palabras, que son como recipientes de las ideas, siempre queda un pozo del prístino licor, los museos, por muy históricos que pretendan ser, siguen rindiendo culto más o menos abiertamente a todas las hijas de Apolo. Están puestos bajo la advocación de Clío, la deidad de la Historia; pero sus ocho hermanas comparten con ella los deberes de la hospitalidad y agasajan al visitante a más y mejor. Uno va a un museo creyendo habérselas con una mujer sola, algo así como una cita amorosa, y se da de manos a boca con nueve mujeres, una verdadera familia, que representan todas las artes, desde la tragedia hasta la poesía lírica. Uno viene por Clío, que es una excelente taquígrafa y tiene una memoria portentosa, a pesar de lo cual incurre continuamente en los mismos errores, y se encuentra con Melpómene, con Polimnia, con Euterpe, con Erato, con Terpsícore, en fin con todas ellas, y lo que era una aventura, un si es no es subrepticia, se convierte en una deleitosa reunión.”

(Arturo Cancela (1892 – 1957): “Buenos Aires cuarenta años atrás”. En: “Campanarios y Rascacielos”, 1965)

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