V. Fleming: “Lo que el viento se llevó”

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LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Victor Fleming, 1939

 

Hablar en la actualidad de una película como Lo que el viento se llevó puede sonar a redundancia. Es, con diferencia, el film que ha provocado mayores ríos de tinta en toda la Historia del Cine aunque éstos, en línea general, no hayan estado vinculados a los aspectos esencialmente cinematográficos, sino a desentrañar el complejo y laborioso proceso de gestación de una obra única desde su concepción primigenia. La historia de la preparación y rodaje de esta producción es tan apasionante como la propia película. Llevada a cabo contra viento y marea por David O. Zelznick quien, sin ni tan siquiera haberse leído la voluminosa (y literariamente bastante ramplona) novela de Margaret Mitchell, se lanzó a poner en marcha el film más ambicioso que, hasta el momento, había conocido la industria cinematográfica estadounidense, Lo que el viento se llevó es el paradigma del llamado “sistema de estudios” y el más evidente prototipo del concepto de producción hollywoodiense durante los años del clasicismo. Un sistema en el que se conjugaban, admirablemente, las perspectivas comerciales con la búsqueda de una calidad más que notable en los apartados artísticos que conforman una película. La larga gestación de esta película, de hecho, da buena muestra de ello, ya que Lo que el viento se llevó es la búsqueda incansable de la perfección en todos y cada uno de sus departamentos. La infinidad de escritores que pusieron su talento al servicio del guión, la consecución de unas maneras formales que aunaron el genio de William Cameron Menzies con el imponente uso del color de Ray Rennahan y Ernest Haller, la poderosa y descriptiva banda sonora de Max Steiner y el minucioso casting que atesora trabajos interpretativos verdaderamente excepcionales, hacen ver que todo cuanto acontece en ésta película tiene su base en la extraordinaria capacidad de un grupo humano para dar lo mejor de sí mismos en un marco tan poco propicio para ello como es el rodaje de una superproducción.

Sin embargo, si hay algo que sorprende en Lo que el viento se llevó, después de más de setenta años de su estreno, es la apabullante unidad de estilo en un film que tuvo, nada más y nada menos, que hasta siete directores distintos. Iniciada por George Cukor, fue apartado del rodaje por presiones de Clark Gable (debido a la homosexualidad del cineasta que enlazaba con ciertos detalles del pasado del actor), siendo sustituído por Victor Fleming quien se encargó de gran parte del film, muy a pesar de sus problemas de salud los cuales provocaron que varias secuencias fueran dirigidas por otros. Sidney Franklin (quien había conseguido recientemente un sobresaliente éxito con la espléndida La buena tierra -1937) fue el responsable de filmar varias tomas de la segunda unidad, al igual que Yakima Canutt. Por otra parte, un buen número de secuencias fueron dirigidas por Sam Wood (cineasta rudo y drástico, de maneras bastante similares a las de Victor Fleming), William Cameron Menzies (el ataque a Escarlata en el puente de madera es una de ellas) y el propio David O. Selznick. Por consiguiente, Lo que el viento se llevó no responde a ningún concepto de vacua autoría, sino a la dedicación a un proyecto conjunto sobre el que Selznick iba realizando labores cercanas al proselitismo con el fin de conseguir los mayores apoyos posibles (tanto por la parte financiera como por la artística) a un film necesitado del mayor número de integrantes posible.

Todo este cúmulo de detalles (y un sinfín más que quedarían por citar) han provocado que la valoración de la película se desplace, generalmente, a un segundo término. Lo que el viento se llevó, amén de ello, es una pieza popular por excelencia (aunque sea irritantemente menospreciada por parte de las nuevas generaciones) y ello ha acabado por condenar al ostracismo cualquier análisis sobre la obra en sí misma. Porque, más allá de su apariencia, ésta adaptación de la novela de Margaret Mitchell es una de las películas de mayor intensidad y complejidad de todo el período clásico. Y lo es, básicamente, por la admirable disección psicológica de sus protagonistas, la consecución de unas imágenes de impresionante poder expresivo y la rotunda atemporalidad que exhalan sus fotogramas, manteniendo intacto su inmensa capacidad de sugestión. La estructura de Lo que el viento se llevó está concebida mediante una serie de contrapuntos e inversiones que afectan tanto a los personajes como al ambiente en el que estos se desenvuelven (el cual, ocasionalmente, alcanza un mayor protagonismo que el de los actores). La agresiva y ambiciosa Escarlata (Vivien Leigh en una de las mejores interpretaciones femeninas que se han visto en una pantalla de cine) se enfrenta a la anodina y modosa Melania. Empero, ambos caracteres sufrirán un proceso opuesto, de tal manera que, mientras Melania adquiere una fortaleza de temperamento basada en sus preceptos de bondad, Escarlata saca a la luz su fragilidad interna oculta bajo una fachada de provocación. El caballeroso Ahsley Wilkes tiene su contrapunto en el rudo Rhett Butler, cuyo cinismo cuadra perfectamente con el huraño carácter de Escarlata.

El posicionamiento de todos ellos responde a una búsqueda constante en medio de una coyuntura social radicalmente enfrentada a los rasgos más heterodoxos. Rhett se busca a sí mismo incentivando su mala reputación, como una respuesta airada a las normas establecidas. Cuando comprueba lo infructuoso de los intentos (que lo han llevado, incluso, a unirse a la Confederación durante la guerra), el drama que ha supuesto su paternidad lo aboca a comenzar desde cero, alejándose de todo un espectro social en el que nunca ha logrado integrarse. Escarlata, por su parte, mantendrá una evidente desconexión respecto a dicho espectro aunque sus intentos por integrarse en él hagan que conciba un amor platónico hacia un ser que no se corresponde en absoluto con sus maneras y su personalidad. La búsqueda de Escarlata no es interior, como la de Rhett, sino que está dirigida a hallar sus orígenes, a encontrar una identidad que la vincule a un núcleo determinado. Finalmente, será el anclaje a la tierra lo que le dé esperanza, después de sumirse en el caos más absoluto. En Lo que el viento se llevó la presencia de la muerte siempre viene seguida de un tortuoso nacimiento: la aniquilación del Sur trae consigo una nueva nación, el fallecimiento tanto de Bonnie como de Melania, dos nuevas maneras de afrontar la existencia por parte de Rhett y Escarlata en uno de los finales abiertos más arrebatadores que haya ofrecido el Séptimo Arte. De igual manera, la tortuosa relación entre ambos, de raíces casi masoquistas, queda magistralmente expresada en la secuencia en la que Rhett, ebrio en mitad de la noche, sube en brazos a Escarlata por la larga escalinata. Escalinata por la que ella se precipitará posteriormente abortando el resultado de aquella noche. No puede existir una manera más explícitamente sutil de confrontar ambos caracteres y exponer el extraño ambiente que han creado a su alrededor. Éste soberbio recurso, además, resume por sí mismo, gran parte de las líneas temáticas del film (la omnipresencia de la muerte fusionada con la vida, la inadaptación de los personajes con el medio, el deseo autodestructivo que condiciona gran parte de sus decisiones, etc), a la par que se erige en un ejemplo más de la incomparable modernidad que rezuma la película.

Lo que el viento se llevó es una obra maestra con mayúsculas. Una pieza de tal perfección y contundencia que su visionado acaba por resultar una experiencia verdaderamente única. Un espectáculo glorioso que no hace más que rejuvenecer con el paso de los años.

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