Villa romana

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“En sus inicios, el fenómeno de la villa representa una especie de “válvula social”. A partir de fincas rústicas visitadas ocasionalmente se desarrollaron las residencias señoriales de descanso. Lejos de Roma y durante las vacaciones, incluso el aristócrata consciente de las tradiciones podía solazarse con la distracción superficial que le ofrecía la cultura griega. […]

Las villas pasaron rápidamente a ser centros para el desarrollo del lujo helenístico. Da la impresión de que las restricciones en Roma hubieran potenciado de manera verdaderamente patológica las necesidades de un goce extrovertido de cultura y lujo “campestre”. Este mundo privado se expandió paso a paso con la decadencia de la autoridad del Senado y alcanzó su máximo desarrollo en los tiempos de Lúculo, Pompeyo y César. La idea de un descanso tranquilo en la propia finca rústica, con libros y con amigos animados por los mismos sentimientos, fue tergiversada: la villa pasó a ser un lugar para ostentar riqueza y, como todo lo demás, se transformó en un vehículo para la representación de sí mismo. Fue aquella la época en la que también en Roma se transgredieron las últimas reglas contra el lujo de la vivienda privada.

El romano deseoso de aprender se enfrentaba a la cultura griega como a un todo consumado. Mediante la dotación de las villas con elementos de carácter griego, con pórticos, salas y espacios para el reposo, con bibliotecas y pinacotecas, con jardines y secuencias de espacios que nostálgicamente recibían el nombre de instituciones culturales griegas como gymnasium, lyceum, palaestra o de conocidos lugares del mundo griego, y sobre todo a través de la vida cultural que se cultivaba en este ambiente, donde participaban personalmente filósofos y artistas griegos, este mundo privado llegó a ser una verdadera amalgama de la cultura griega. Las obras de arte acumuladas por coleccionistas como el codicioso C. Verres (pretor en el 74 a. C.) se han perdido en su mayoría. Pero las copias en mármol o en bronce encontradas en multitud de lugares en las villas dan una buena idea de la forma en que se utilizaban estas obras con el fin de crear un ambiente que recordase los distintos ámbitos de la cultura griega en cada uno de los espacios en que se hallasen emplazadas. En la biblioteca se encontraban las estatuas y los bustos de los grandes poetas, filósofos y oradores, y en los salones columnados, llamados gymnasium, se veían estatuas de atletas, de Hermes, de Hércules y de Atenea. Al pasear por los jardines se descubrían figuras dionisíacas y grupos eróticos. En otros lugares se sugería una ambientación de acuerdo al mundo del mito homérico, el cual incluso fue escenificado en una gruta natural en la gran Villa de Sperlonga. Aisladas de su contexto original, la mayoría de estas obras, reunidas con criterio ecléctico y con un sentido más bien representativo, evocaban la cultura griega en tanto mero acervo cultural. Conducían a una vida contemplativa en medio de libros y de objetos bellos, evocaban un mundo propio, lejos de los deberes políticos.”

(Paul Zanker: “Augusto y el poder de las imágenes”, 1987)

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