William Wyler: “La heredera”

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LA HEREDERA

William Wyler, 1949

 

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William Wyler es uno de esos cineastas a los que el tiempo está haciendo verdadera justicia. Muy apreciado dentro de la industria del cine (los tres Oscar conseguidos a lo largo de su carrera son buena prueba de ello) ha sido, sin embargo, injustamente discutido en los ámbitos críticos, tachado de comercial, academicista y superficial, menospreciando su estilo y sus formas cinematográficas quizá por su gusto por los espacios cerrados y por una puesta en escena a priori teatral. No obstante, el visionado de piezas como La heredera revela que, más allá de sus planteamientos, existe una ejecución formal de una complejidad e intensidad tales que se desplazan totalmente de sus referentes literarios para crear un lenguaje propio, confeccionado de manera absolutamente sublime. Algo capaz de desacreditar cualquier tipo de crítica hacia el estilo de William Wyler.

El film, concretamente, posee un diseño del espacio escénico concienzudo y meticuloso, plenamente aprovechado por el cineasta quien le confiere un penetrante sentido dramático. La profundidad de campo mediante la disposición de los actores en el cuadro; las puertas exteriores e interiores, que manifiestan la dificultad de acceder a la plenitud de la psicología de los personajes, amén de resultar elementos simbólicos determinantes para los puntos de giro argumentales; el magistral uso del fueracampo, sobre todo en el último bloque del film; o la utilización de la escalera, casi como un personaje más, tratada por Wyler como un componente complementario de la psicología de Catherine, adquiere una dimensión absolutamente excepcional que define, con inusitada firmeza, el estilo de su máximo responsable. Todo ello mostrado mediante largos planos secuencia en los que la cámara se mantiene quieta escrutando los rostros y los movimientos de los personajes, generalmente encuadrados en planos de conjunto, evadiendo de forma consciente el tópico recurso de los primeros planos. La fuerza de La heredera (y, por extensión, de los procedimientos fílmicos de Wyler), por consiguiente, radica en la fusión de escenario y actores y, sobre todo, en la mirada del cineasta que oscila entre el análisis de los caracteres y la impecable progresión dramática que va tiñendo las imágenes, el decorado, los rostros y las actitudes de una negrura extrema hasta desembocar en uno de los finales más estremecedores que se hayan visto en una pantalla de cine.

Ante ello, resulta de todo punto ineludible citar las excepcionales creaciones de todos y cada uno de los componentes del reparto. Wyler es, sin ningún género de dudas, el mejor director de actores que ha ofrecido el clasicismo norteamericano. Y pocas películas pueden ilustrar de forma tan contundente estas palabras como La heredera. Además de la premiada y admirable interpretación de Olivia de Havilland, tanto Ralph Richardson, Miriam Hopkins como (destacando sobremanera) Montgomery Clift alcanzan cotas verdaderamente gloriosas. En el caso de éste último, dotando su personaje de una turbadora ambigüedad merced al gesto, aparentemente, más sencillo.

La heredera es por todo lo expuesto (y lo mucho que quedaría por decir) no sólo una de las obras maestras incueestionables de toda la Historia del Cine, sino el ejemplo más poderoso de la maestría de William Wyler.

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