Adán y Eva. Puertas del Paraíso. Batipsterio de Florencia. L. Ghiberti. 1452.

La figura de Lorenzo Ghiberti ha quedado siempre a la sombra de los nombres de Brunelleschi y Donatello, devaluando injustamente su aportación extraordinaria a la Historia del arte. Frente a Brunelleschi la historia le inculpa curiosamente de haberle vencido en el Concurso de adjudicación de las Segundas Puertas del Batipsterio de Florencia, postrando así la figura egregia de Filippo Brunelelschi a una derrota que provoca compasión, aunque fuera precisamente gracias a ella que el Renacimiento pudo descubrir a su mejor arquitecto. Frente a Donatello, ayudante y discípulo, la sombra la extiende las contingencias del tiempo que a cada uno le toca vivir, y que a él le situó en el último suspiro del arte gótico, y a su mejor alumno en el momento afortunado del estallido del primer renacimiento, convirtiéndole en la referencia insustituible de toda una época.
Pero Lorenzo Ghiberti fue uno de los más grandes escultores de todos los tiempos, demostrando además su interés por la Antigüedad clásica y las innovaciones de su época. Así se desprende del contenido de los tres libros (los “Comentarios”) que escribió al final de su vida, y que podemos considerar como la primera historia del arte moderno, en la que no faltan alusiones agudas y precisas a las grandes obras de los mejores artistas del Trecento y el Quattrocento.
Nacido en Florencia en 1378 trabajó de orfebre, escultor y arquitecto, siendo además, como acabamos de comprobar, uno de los primeros teóricos del arte. Su valía y su renombre universal como escultor encontraron fortuna en su tiempo gracias como ya hemos dicho a resultar vencedor en el famoso concurso de adjudicación de los relieves del Batipsterio de Florencia frente a Brunelleschi. En 1401 se organiza dicho concurso por parte del gremio de tejedores para decorar la Puerta Norte, después de que la sur ya hubiera sido decorada por Andrea Pisano en 1336.
El Tema oficial del concurso consistía en presentar una “Historia” o representación original del Sacrificio de Isaac, en relieve y ejecutado en un cuarterón de bordes lobulados, como los de la Puerta del Trecento. Siete artistas participaron, de los que como sabemos quedarían finalistas Brunelelschi y Ghiberti, siendo este el ganador.
Acabada la obra en 1424, de inmediato se le adjudica (en este caso sin mediar concurso) una nueva decoración, la de las Terceras Puertas, las situadas en la cara este, las que Miguel Ángel, siendo aún muy joven, denominaría con toda la intención, del Paraíso.
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La obra se prolongaría hasta 1452, participando en ella al final de la empresa, sus propios hijos (Víctor y Tomás) y artistas tan afamados como su discípulo Donatello, Luca Della Robia o Benozzo Gozzoli.
La puerta cuenta con un total de diez tableros que se dividen en dos grupos de cinco repartidos entre sus dos batientes, desarrollando en ellos un programa iconográfico dedicado al Antiguo Testamento. Así se representa en el batiente de la izquierda y de arriba abajo: la creación de Adán y el Pecado original; la historia de Caín y Abel; la historia de Noé; el sacrificio de Isaac por Abraham; y la historia de Isaac, Rebeca y Esaú. Y en el otro batiente y también de arriba abajo: José vendido por sus hermanos; Moisés recibiendo las Tablas de la Ley; Josué y la caída de Jericó; la lucha de David y Goliat; y la historia de Salomón y la reina de Saba.
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De los diez hemos elegido para observar más atentamente el primero de todos ellos, el de Adán y Eva, por tratarse de una de las piezas más delicadas y hermosas de un conjunto de por sí excepcional.
Iconográficamente, la historia de Adán y Eva se representa según la narra el Antiguo Testamento, es decir en tres episodios diferenciados: la creación del hombre al que dios le da la vida; el de la mujer, surgida ella de un costado de aquel; y el pecado original, cometido por Adán y Eva al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, con la consiguiente expulsión del Paraíso.
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Desde el punto de vista formal se ha insistido en que Ghiberti es el último eslabón de la escultura medieval antes de que sus discípulos, y en especial Donatello, abran el nuevo camino del Renacimiento, pero a la vista de este relieve, tal vez habría que reconsiderar esta cuestión. Es cierto que los tres episodios del relato bíblico se representan en uno solo en el relieve de Ghibierti, en una práctica que sí es muy habitual en la narrativa medieval. Y asimismo una parte de su talla recuerda el lirismo delicado del gótico más refinado, pero por lo demás la obra es una muestra maravillosa de un nuevo modo de hacer. Para empezar, la propia estructura de los relieves, ideada por su autor, abandona el esquema cuatrilobulado de los relieves de las otras puertas, de tradición medieval, y apuesta por una composición más abierta y compleja. Por otra parte, la imagen de Eva apuesta valientemente por el desnudo clásico, lejos de lo que hubiera sido su representación medieval, mucho más púdica tratándose de un episodio bíblico. Como clásico es también el continuo empleo del schiatto de tradición romana en todos sus relieves. La obra además muestra su lirismo sí, ya lo hemos dicho, pero alejado ya de la afectación medieval, lo cual es consecuencia en parte de su técnica precisa de orfebre experto, pero también de unas composiciones en armonía, de un sentido del movimiento en el que no falta su deuda con el relieve clásico, y sobre todo de un naturalismo humanista y unos juegos perspectivos de estructura lineal o geométrica que son tan característicos en la pintura y la escultura del primer renacimiento.
Además su belleza, tan pasmosa y tan evidente, es otro ejemplo de aquella idealización estética que contagió a toda la Florencia del Quattrocento. Ya lo dijo Vasari, “que sus obras parecían hechas no con la fundición, sino con un soplo”.

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