De Friedrich a Salvador Dalí

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Prácticamente un siglo separa estos dos cuadros: La mujer asomada a la ventana de Caspar David Friedrich (Alte Nationalgalerie. Berlín. 1822) y Muchacha en la ventana, de Salvador Dalí (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid 1925).

Dos cuadros cuya coincidencia demuestra la influencia que el primero ejerció sobre el segundo, y que más allá de sus indudables paralelismos formales e iconográficos, muestran también la evolución que se ha producido en el desarrollo de la pintura a lo largo de todo ese tiempo.

La obra de Friedrich representa a su mujer Carolina Bommer de 25 años con la que se casa en 1818 cuando él tiene ya 44. La obra responde a ese romanticismo intimista que definió la obra de su autor, con sus características figuras de espaldas que invitan a la reflexión, cuando no a la melancolía. En este caso además algo hay también de sosegada tranquilidad en la imagen, consecuencia de un estado de ánimo igualmente equilibrado y sereno, provocado precisamente por su reciente matrimonio.

Desde un punto de vista pictórico el juego de contrarrestrar interior y exterior, paisaje e interiorismo, también tiene su sentido, porque por una parte la estructura compositiva y la posición de la figura invitan a la mirada a contemplar el paisaje, convirtiendo así al espectador en agente activo de la obra. Por otra parte refuerza el sentido perspectivo del cuadro, y tiene además su valor simbólico: para muchos de carácter religioso, representado en la cruz del armazón de la ventana que impone así desde lo alto el símbolo cristiano, y porque esa luz exterior ilumina el interior, estableciendo así un paralelismo entre la vida celestial llena de luz, representada en el paisaje exterior, y la vida terrenal, simbolizada en la habitación, necesitada para cobrar vida de la luz que le viene de fuera, que le viene del mundo divino. La absoluta sencillez de la habitación invoca también a la sobriedad del misticismo.

 

Por su parte la Muchacha en la ventana de Dalí encuentra no pocas connotaciones con la obra anterior en la que se inspiró su autor. En este caso se representa a la hermana del artista, Ana María, de diecisiete años, asomada a la ventana de la casa  que la familia tenía en Cadaqués.

La fecha en que lo pinta, Dalí está iniciando su giro hacia el Surrealismo, aunque aún faltarían algunos años para que se integrara definitivamente en el grupo, lo que no ocurre hasta 1929, cuando marcha a París.

El juego de contrastes ente interior y exterior es el mismo que en la obra de Friedrich: de nuevo es la posición de espaldas y la ventana abierta la que invita al espectador a mirar el paisaje, convertido en un activo más del cuadro; es también una imagen serena que deja libre el pensamiento; el interior es también sencillo y simple, de una indolente desnudez; y asimismo provoca un efecto perspectivo.

Aún así, el cuadro es muy distinto. El realismo pictórico de Dalí carece de la simbología romántica, y no tiene otra pretensión que reducir lo cotidiano a pura realidad. Por otra parte, algunos detalles van abriendo la pintura al universo surreal, como el efecto del paisaje reflejado en el cristal de la ventana, un típico juego surrealista que aparece también en otros cuadros similares de Magritte (La llave de los campos. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. 1936), y que transmite la idea de que el paisaje está así dentro y fuera de la habitación, instando de esa forma a una contradicción típicamente surrealista de invertir razón y realidad. No es el único detalle. La misma sencillez del entorno y el efecto sereno de la escena recrea en este caso un mundo de ensimismamiento que resulta muy cercano al universo onírico surrealista.

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