Iconografía de los sarcófagos paleocristianos: El Sarcófago de Junio Basso

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La producción de sarcófagos en Roma es un fenómeno que si bien tiene una honda tradición que se remonta a ejemplos helenísticos y sobre todo etruscos, se generaliza en el Imperio a partir de época de Adriano. Con anterioridad era más frecuente la incineración en Roma que la inhumación, pero a partir de esta época y por causas sin concretar (aunque al parecer relacionadas con la expansión de los ritos dionisíacos y mistéricos), el caso es que se va generalizando por todo el Imperio la costumbre de depositar el cadáver en una caja, que en el caso de las familias pudientes se convierte en un sarcófago de piedra o mármol, con representaciones escultóricas en relieve.

No es de extrañar la difusión y éxito enorme de este tipo de obras considerando la estrecha relación habida siempre entre el romano y el tema de la muerte, manifestado en el retrato funerario y la tradición de las imágenes maiorum.

Desde el S. II por tanto la producción del sarcófago con decoración en relieve se convierte en una pieza fundamental para el estudio de la escultura romana. Se producían en serie en talleres industrializados, en los que trabajan excelentes escultores. Los relieves los componían al igual que los pintores sus pinturas, con modelos y esquemas fijos que explican cierta reiteración sobre todo iconográfica, si bien desde el punto de vista formal, la evolución estilística de los sarcófagos es una referencia para estudiar la evolución de la escultura romana a lo largo del Imperio, al menos desde el S. II. Por otra parte son muy numerosos los sarcófagos encontrados, porque su propia localización bajo tierra y preservados de las inclemencias ha permitido que se conserven muchos y en buen estado.

Lógicamente los sarcófagos de esta primera fase responden iconográficamente a los temas consabidos relacionados con la temática pagana, temas bácquicos y dionisíacos sobre todo, aunque no faltan asuntos consabidos de la mitología clásica, así como motivos genéricos vegetales y florales. Un muestrario por tanto similar al que puede rastrearse por ejemplo en los mosaicos romanos.

Llegado el periodo constantiniano y concretamente después del Edicto de Milán, el sarcófago clásico va derivando progresivamente en el sarcófago paleocristiano. La iconografía varía y progresivamente va sustituyendo los temas paganos por episodios cristianos del Antiguo y Nuevo Testamento, según la nueva religión se va imponiendo social y políticamente por todo el Imperio. La producción de los talleres romanos seguirá siendo notable, de ahí la cantidad de sarcófagos paleocristianos conservados, especialmente durante el S. IV, hasta empezar a decaer y desaparecer a comienzos del S. V con las invasiones bárbaras.

Durante este periodo los sarcófagos paleocristianos pueden dividirse en dos grupos: los de época constantiniana y los de la segunda mitad del S. IV. Los primeros caracterizados por sus relieves dispuestos en dos frisos corridos superpuestos. Los temas ya se estereotipan y van a repetirse reiteradamente en muchos de los ejemplos conservados, en parte porque esas iconografías respondían simbólicamente al carácter salvífico del tema funerario cristiano, y en parte como consecuencia del trabajo en serie de los talleres. Así se fijan temas del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, coronados por la imago clipeata, o láurea, en la que se representa al difunto acompañado de algún ser querido o amigo íntimo. Entre los ejemplos más famosos de este periodo destacarían el Sarcófago dogmático y el de Los dos hermanos, que junto a otros del mismo periodo guardados todos ellos en los Museos Vaticanos (antiguo Laterano), coinciden en una serie de episodios iconográficos reiterativos: Adán y Eva junto al árbol de la Ciencia; milagro de las boda de Caná; multiplicación de los panes; resurrección de Lázaro; adoración de los Reyes Magos; curación del ciego; Daniel en el pozo de los leones; negación y prendimiento de Pedro; o milagro de la fuente. También aparecen más esporádicamente los temas del sacrificio de Isaac; curación del paralítico; o Jonás y la ballena.

Desde un punto de vista formal, el sarcófago paleocristiano ya desde sus primeros ejemplos va transformando el modelo clásico tradicional por una solución plástica nueva, caracterizada por un distanciamiento creciente del realismo para acuñar una imagen más idealizada, cuyas formas cada vez más rígidas, su mayor envaramiento compositivo, la aparición de convencionalismos, su falta de proporcionalidad y un desprecio por alguno de los grandes logros del relieve romano como el Schiacciato, están imponiendo una estética simbólica que prefigura la ideografía medieval.

En la segunda mitad del S. IV se producen dos cambios importantes: uno iconográfico, al introducirse el tema de la Pasión de Cristo, hasta entonces esporádico o inédito; y otro de estructura formal, pues la disposición de las figuras en friso corrido se sustituye ahora por escenas compartimentadas en nichos separados, bien por columnas, siguiendo en este caso la tradición de los sarcófagos paganos precedentes, o por árboles. Por otra parte desaparece en la mayoría de los casos la imago clipeata.

Una síntesis perfecta de las características de los sarcófagos paleocristianos del primer periodo y de la segunda mitad del S. IV, lo tenemos en el más importante de todos los sarcófagos paleocristianos conservados: el de Junio Basso.

Importante por muchas razones: primero en nuestra opinión por su calidad extraordinaria, que lo convierte en el más bello de los sarcófagos bajo imperiales, pero también por su perfecto estado de conservación, la riqueza de sus materiales (mármol de Carrara), y su vinculación histórica con un personaje conocido como fuera el prefecto romano Junio Basso, muerto en el 359, lo que nos permite también precisar su cronología.

El sarcófago de Junio Basso es además como decíamos, un ejemplo de síntesis perfecta, tanto formal, como iconográfica. En lo formal recupera buena parte del legado clásico, como ocurre con otros sarcófagos de este periodo, de tal forma, que sin perder parte del idealismo simbolista que ya tenían los primeros sarcófagos paleocristianos, se vuelve a hora a una técnica más refinada, de gran precisión, en la que se recupera buena parte de la talla clásica romana. Se recobra la volumetría del bulto redondo; se amplía la variedad de posturas y actitudes de más dinamismo compositivo y movimiento; se crea espacio a través de la disposición de las figuras, y se vuelve al trabajo elegante de pliegues y paños. Incluso la figura de Eva en el episodio del Pecado original encuentra reminiscencias en la Afrodita de Cnido de Praxiteles.

Iconográficamente conserva alguno de los temas ya utilizados desde los primeros tiempos, a los que se unen ahora, como comentábamos, los de la Pasión. De tal forma que el reparto de temas en este sarcófago es el siguiente:

En la parte superior y de izquierda a derecha:

Sacrificio de Isaac

Prendimiento de Pedro

(Escena central). Cristo sobre la bóveda celeste aleccionando a Pedro y Pablo

Prendimiento de Cristo

Poncio Pilatos lavándose las manos

En la parte inferior y de izquierda a derecha:

Job y su mujer

Adán y Eva y el pecado original

En el centro, Jesús entrando triunfalmente en Jerusalén

Daniel en el Pozo de los leones

Prendimiento de Pablo

Cada escena está separada por columnas que presentan estrías retorcidas, roleos de vid y érotes o amorcillos alados.

De todo lo dicho podemos concluir en que la iconografía de los sarcófagos paleocristianos, que podemos resumir en el ejemplo visto del sarcófago de Junio Basso, se caracteriza sobre todo por dos rasgos fundamentales. En primer lugar la repetición reiterativa de unos mismos temas. En segundo lugar el carácter funerario que se le pueden asignar a dichos temas. De tal manera que podemos distinguir episodios que se relacionan con el tema del ciclo cristológico: vida-muerte-resurrección. Se incluirían en este caso asuntos como el de Daniel en el pozo de los leones, Jonás y la ballena, la resurrección de Lázaro, Adán y Eva ante el pecado original o el sacrificio de Isaac.

El tema del juicio-condena, relacionado a su vez con la admonición ante el único juicio tras la muerte. En este grupo estarían todos los prendimientos, como los de Pedro y Pablo, o el mismo de Cristo.

El tema del milagro, que alude a la divinidad de Jesús y su valor como redentor para salvar a la humanidad después de la muerte. En este grupo se podría incluir el tema de la Epifanía, junto a milagros como los de las Boda de Caná, el de los panes y peces, la curación del paralítico, la curación del ciego o el milagro de la fuente.

Finalmente, en el caso del Sarcófago de Junio Basso, las dos escenas centrales que aparecen en ambos registros aluden al triunfo de Cristo, único que a través de su resurrección se impone a la muerte.

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Sacrificio de Isaac                                               Adán y Eva

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Cristo entre Pedro y Pablo

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